OK Antonio Oliver: Síntesis del curso Hombre Nuevo – VI (y archivos anteriores) | Parroquia Padre Nuestro

Síntesis del curso Hombre Nuevo – VI

de Antonio Oliver Montserrat

Antonio-Oliver-MontserratSeguimos publicando progresivamente el resumen escrito de cada una de las lecciones del curso “Hombre Nuevo”.

También os recordamos que en iVOOX podéis acceder a otros cursos (desafortunadamente este no)  (>> Haced clic en este enlace <<),

Seguidamente, la sexta lección cuyo título es “Quien no tiene ternura, carece de olfato para sentir a Dios”

 

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HN-06 Quien no tiene ternura, carece de olfato para sentir a Dios

Lecciones anteriores:

HN-05 Queremos caminar hacia nuestra síntesis totalHN-04 El Hombre, va viniendo a través del hombreHN-03 Somos el niño, el hijo, de todos los que nos antecedieronHN-02 Me pueden quitar todo, menos mi libertad interiorHN-01 Introducción al curso -El Hombre Nuevo;

QUIEN NO TIENE TERNURA,  CARECE DE OLFATO PARA SENTIR A DIOS  (HN-06)

 Debemos recordar que cuando Dios aparece, cuando sucede Navidad de verdad –ya sea en la Creación o en cada Belén interior personal– siempre surge la aurora, lo primordial, lo infantil, lo profundo, las perspectivas infinitas, las esperanzas ilimitadas, la eternidad en el tiempo…; o sea, sucede algo fundamental que nos trae siempre el gozo de la buena noticia. Siempre que Dios aparece, lo hace como interminable disponibilidad y buena noticia para el que lo siente. Por esto, si alguien nos quiere presentar a Dios como “juez” de todas nuestras debilidades humanas es que no sabe nada de Dios; es que habla de algo del pasado, de tiempos anteriores que ya se agotaron, y puede incluso que él crea en ese “juez” pero no en el Dios al que queremos seguir buscando durante todo este curso. Buscamos al Dios que siempre aparece como futuro –principalmente en aquellos momentos o situaciones donde el hombre solo ve imposibles–, buscamos al Dios que posibilita los imposibles y futuriza lo que parece no tener esperanza. Estas experiencias, de las que vamos a hablar, o son experiencias “desde nuestro tierno niño interior” o no son tales experiencias de Dios; porque los viejos –los envejecidos espiritualmente, aquellos que no tienen suficiente flujo renovador en su río interior–, no pueden tener experiencias de Dios. ¿Por qué? Porque en una carne espiritual callosa, fosilizada y endurecida, Dios no puede vibrar. Dios vibra siempre en lo más tierno. Por eso San Pablo, cuando habla de la aparición de Dios en el día de Navidad, dice: “apparuit humanitas”. En el Niño apareció la humanidad, la ternura y la sensibilidad de nuestro Dios. Y esto evoca en nosotros no solamente aquél niño que fuimos sino, fundamentalmente, la ternura por la que somos capaces de captar ahora la presencia de Dios: ese sentir en nuestro interior la vibración del gozo adelantado. O sea, los que no tienen “ternura” no pueden saber de Dios; porque carecen de ese “olfato”, tan necesario para llegar a sentirlo. Convendría que los cristianos nos acostumbráramos a saber distinguir, a saber olfatear, cuándo alguien habla de Dios sin tenerlo; de la misma forma que otros, aún callando de Dios lo tienen: porque “vibran” aunque no lo digan. Recordemos al recién nacido de Belén: uno que no habla, pero “es”. En definitiva, tendríamos que acostumbrarnos a tener buen olfato; y no solo para poder distinguir y rechazar los dioses que nos venden ciertas iglesias endurecidas sino, fundamentalmente, para saber detectar al Dios que buscamos: bien sea en los silencios o en la mirada de un niño, bien en el asombro de un amanecer o en otras emociones (como el gozo que nos proporciona la ternura cuando vibra en nuestro interior); y sobre todo para aprender a detectar a Dios en el interior de nuestras peores circunstancias. Este hombre con olfato es “el hombre nuevo”, capaz de maravillarse ante todo; capaz de percibir en cada circunstancia, no solo que es Dios el que se está mostrando en ella sino también el que nos hace cantar con esperanza desde ella. El hombre nuevosiente que algo le crece por dentro”, cuando acepta cada circunstancia como propia ofreciéndole toda su disponibilidad; “y a la vez intuye” que en esto consiste precisamente su ansia de futuro: tiene ansias de un futuro que ya le está creciendo por dentro.  Y para hablar de todo lo anterior, vamos a acercarnos a dos citas del Antiguo Testamento: primero a la del libro del Éxodo –cap. 33, vers. 18–, que es la famosa aparición de Dios a Moisés; y posteriormente a otra, del primer libro de los Reyes –cap. 19, vers. 9–, que es la teofanía de Dios al profeta Elías. Pero antes, recordemos que las religiones de la tierra hablan de teofanías cuando Dios se manifiesta al hombre; e inmediatamente nos surge la pregunta: ¿qué ojos hay que abrir para poder “ver” a Dios? Sobre esto ya podemos responder algo: Hace falta algo más que ojos para poder “ver”, pues no se trata de que Dios se nos vaya a aparecer visiblemente ni de que podamos contemplarle. Y también podemos afirmar: Después, y una vez que no hayamos visto a Dios tras esperarlo, ese hecho de no verle no se deberá a que Dios no ha estado sino a que no hemos podido entender su aparición. Este es el problema: Dios estaba y está, pero no caemos en la cuenta de que “aquello” era y es Él. En cualquier caso, las teofanías conocidas en todas las religiones y culturas de la tierra pueden quedar representadas por una de las dos grandes referencias siguientes: la teofanía de Moisés y la de Elías. El Éxodo nos cuenta la teofanía de Moisés: muy breve pero fundamental; en la que Moisés, un viejo –y esto es importante– que ignora cómo es la cara de Dios, hace una pregunta. Y ya sabemos que los viejos que son realmente viejos –los que  no tienen niño tierno en su paisaje interior–, cuando se hacen preguntas estas son muy concretas e interesadas: por ejemplo, preguntar sobre enfermedad y muerte. En cambio, Moisés le dice a Dios: “Señor, quiero verte la cara”. Y esto no es nada concreto ni pertenece a paisaje reducido alguno, sino todo lo contrario; esto es abrirse al infinito.  Moisés es un hombre que, en su vejez y partiendo de un punto de su vida donde mantiene todavía juventud mental, se atreve a seguir soñando. Es el hombre que lleno de esperanza ve montañas y ríos, ve su historia pasada, sus hijos, nietos y tataranietos… pero todo esto no le basta; quiere ver el infinito: “Señor, quiero ver tu rostro”. Si nos adentrásemos mucho en esta teofanía podríamos dedicarle todo un año, pero ahora vamos a utilizarla solamente como una “transparencia referencial”; ya que Moisés manifiesta precisamente una apetencia que todos llevamos dentro: “Señor, lo que quiero es ver el futuro ahora”. Moisés –a su edad y al expresar su deseo de ver la cara de Dios– lo que está diciendo es que todavía tiene más futuro que pasado; y esto es entender acertadamente la vida. Esto es lo que quiere decir el Éxodo, cuya redacción es del siglo VIII a.d.C. aunque lo que se está contando es del s. XV a.d.C.  Realmente es casi un milagro que el hombre de aquellos tiempos pudiera saber esta verdad, o que al menos la intuyera. En el momento en que Moisés se acerca a la vejez y siente que su tiempo es ya corto, y que los sentidos cada vez se le cierran más hacia lo concreto, es cuando dice: Ahora que termino la vida y que puedo enumerar mis proezas una detrás de otra, ahora Señor es cuando necesito más perentoriamente el futuro: “necesito verte la cara”, como necesita todo hombre. En cambio hay quienes van diciendo que ya han cumplido, que ya se pueden jubilar y por tanto reducir su caminar: estos son viejos y no tienen teofanía. Además, el deseo de Moisés plantea un problema teológico; pues parece que, al decir esto, está reclamando un derecho de jubilado: ver la cara de Dios en el exterior. ¿Pide ver a Dios fuera, cuando lo lleva dentro? Dejemos esto y vayamos al relato. Está claro que las teofanías son experiencias de Dios, pero no es que Dios se presente rodeado de angelitos y trompetas. No, la teofanía es un sentimiento que crece por dentro y que todos deberíamos tener: es un sentir que crecemos por dentro, soñando y fluyendo. Moisés siente una voz que le dice: “Un hombre no puede ver la cara de Dios…” (Ex. 10, 28). Pero Moisés insiste: Señor, que estoy viejo y te quiero ver la cara. Y Dios contesta, a su tercera insistencia: “Moisés, un hombre no puede ver a Dios y sobrevivir” (Ex. 10, 29).  Pero Moisés insiste tanto que, al final, Dios dice: Prepárate pues iré a verte, pero yo te avisaré, y cuando pase deberás esconderte rápidamente en la rendija de la piedra no sea que al pasar te chamusque todo (lo del quemado es muy significativo, porque es típico de las teofanías del fuego). Y esto significa que: la experiencia de Dios es un deseo fundamental del ser humano; pero si no tenemos preparado adecuadamente nuestro “ser”, la misma presencia de Dios puede aniquilarnos. Esto tiene mucha importancia para todos aquellos que no solo creen ver a Dios constantemente sino que hablan en su nombre sin sentirlo; sin tenerlo. ¡Cuidado que estos te pueden estar engañando…! Sigamos con el relato. Cuando llegó el momento en que Dios se iba a presentar a Moisés, éste –al oír la voz de Dios– se escondió rápidamente en la hendidura de la roca para salvar su vida; su vida de hombre: porque si Dios entrara en ti –de golpe y todo Él– te rompería tu limitada capacidad; quedarías electrocutado, morirías por una electrocución que te llevaría a la resurrección total. Por tanto, Moisés se coloca en el agujero al sentir los pasos de Dios… Esto es muy importante, porque las teofanías siempre tienen prehistoria; es decir, antes que Dios llegue se oyen sus pasos: hecho que solo intuyen y sienten en su ternura interior, las personas que viven en contacto con Dios. Primero oyes sus pasos, pues Dios no aparece así sin más, y es entonces cuando debes poner todo tu ser de rodillas: como hizo Moisés. El mundo está lleno de pasos de Dios que suenan por todas partes, pero casi nadie los oye; y, aún peor, a veces incluso los interpretamos en sentido contrario: a veces uno se imagina a Dios como el autor de catástrofes y del final del mundo. ¡Vaya oído que tenemos muchos hombres! Para poder sentir a Dios, como Moisés, tenemos que replegarnos en vez de estar por ahí dispersos; tenemos que replegarnos y ponernos de rodillas en la cueva más profunda de nuestro ser…   Y cuando Dios esta cerca de Moisés, le pone la mano en los ojos y dice: “Te cubro con la palma de mi mano mientras paso y luego la apartaré, pero sólo me verás de espaldas” (Ex. 33, 22-23). Cuando Dios acabó de pasar y quitó su mano de los ojos de Moisés, este vio a Dios alejándose. Este participio es importantísimo ya que, los pasos de Dios los oímos tanto antes de llegar como cuando ya ha pasado; pero Dios nos nace realmente durante “la cobertura con sus manos y dentro de nuestras propias circunstancias”. Dios es una dínamis: un pasar anterior a mí, un pasar ante mí (mis circunstancias), y el pasar posterior a mí; podríamos decir que es como un hecho lúdico. Y como tal dínamis, si me empeño en ver a Dios como un ser estático –quieto y dentro de sí– jamás le veré.  El que “ve” a Dios de verdad es el que, “primero le siente venir (como Encarnación) y al final le ve irse (como Resurrección)”. La historia es el camino; por donde Dios viene, donde está, y desde donde se va. Por tanto si tenemos los ojos abiertos ante lo que sucede a nuestro alrededor, oiremos los pasos de Dios; y si los tenemos abiertos hacia Dios –que es quien realmente abre nuestro futuro desde nuestro interior– estaremos viéndole (como Cristo) caminando dentro de todos y cada uno de nosotros.

Esta es la teofanía elemental: Dios que viene, pasa con nosotros, y nos dice hacia donde caminamos.

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