Síntesis del curso Hombre Nuevo – XVII y XVIII

de Antonio Oliver Montserrat

Antonio-Oliver-MontserratSeguimos publicando progresivamente el resumen escrito de cada una de las lecciones del curso “Hombre Nuevo”.

También os recordamos que en iVOOX podéis acceder a otros cursos (desafortunadamente este no)  (>> Haced clic en este enlace <<),

Seguidamente, la decimoséptima y decimooctava lecciones cuyos títulos son respectivamente “Los mandamientos abren el camino hacia el cristianismo” y “Se salvan todos los que quieren pero hay peligro de extravío”

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HN-18 Se salvan todos los que quieren, pero hay peligro de extravío

HN-17 Los Mandamientos, abren el camino hacia el cristianismo

Lecciones anteriores:

HN-16 Cuando el hombre ama se genera gozo, porque se manifiesta DiosHN-15 La salvación es un tema de amor- de fiesta, alegría y gozoHN-14 Cuanto más me lleno de Cristo, más persona soyHN-13 El que distingue entre lo laico y lo sagrado, no es cristianoHN-12 La Creación es salvada, dentro de mí, por el AmorHN-11 Dios crea para encarnarse, y se encarna para salvar todoHN-10 El Cristianismo, siempre fue y será novedadHN-09 En la vida me toca construirme, recrearme, desde mí mismoHN-08 Renueva tu pensamiento, fruto de tu actitud de conversiónHN-07 Sé fiel a tu tiempo, pero siempre con ternura en el corazónHN-06 Quien no tiene ternura, carece de olfato para sentir a DiosHN-05 Queremos caminar hacia nuestra síntesis totalHN-04 El Hombre, va viniendo a través del hombreHN-03 Somos el niño, el hijo, de todos los que nos antecedieronHN-02 Me pueden quitar todo, menos mi libertad interiorHN-01 Introducción al curso -El Hombre Nuevo;

LOS MANDAMIENTOS, ABREN EL CAMINO  HACIA EL CRISTIANISMO   (HN-17)

 

Los Hechos de los Apóstoles y los textos de los últimos resúmenes, dejan claro lo siguiente: son cristianos los que caminan y se esfuerzan en pasar por la puerta estrecha; en ser como Jesús.   Y el hecho de que hoy haya tantos que no caminan, puede ser la razón por la que estén desprestigiadas algunas estructuras religiosas. En cualquier caso debemos recordar que estas estructuras son solo un molde/andamio temporal; pues terminarán rompiéndose, una vez se haya formado dentro la verdadera  figura religiosa cristiana. Y si no se las va rompiendo, o incluso si se las adora, será por miedo a la libertad; de lo que ya nos habló Fromm. Situación similar a la que produciría un niño temeroso y todavía en el seno de su madre, si decidiese no esforzarse en pasar por la puerta estrecha; pues con esa decisión, nunca nacería ni vería la luz. También es verdad que, cada vez que renazcamos por una puerta estrecha deberemos cuidar nuestra nueva fisonomía: las nuevas formas religiosas. Y si luego estas se nos desgastan de nuevo, tendremos que volverlas a perfilar; o si se pierden volverlas a buscar. En cualquier caso, siempre es nuestra responsabilidad; y si vemos que la estructura nos ralentiza o para, es que estamos haciendo de ella una manera equivocada de intentar llegar a Dios. En este sentido, y si lo que hace que los hombres no caminen se debiera a una rígida estructura religiosa, habría que revisarla y actualizarla: esto es lo que se viene diciendo y se seguirá diciendo a lo largo de todo este curso. Además, ¿somos conscientes de que lo pensado hasta ahora sobre Dios, es tan poco Dios que este Dios pensado por nosotros no es el verdadero? ¿Y también, que aunque juntásemos a todos los teólogos de todas las épocas tampoco nos podrían decir quién y cómo es Dios? ¡Qué poco es lo que se puede decir sobre Dios, desde el pensamiento! Está muy bien que la religión nos facilite aproximaciones sobre Dios pero, para caminar, para intentar conocer su voluntad y la forma de comportarnos, hemos de seguir adelante teniendo como meta final el amor. En efecto, una vez que yo traduzca lo que sé sobre Dios y lo pase a comportamiento –me comporte como toca–, aún he de seguir; y convertir mi comportamiento en amor.

Pero antes de continuar con nuestro objetivo de “llegar a ser a base de amar”, tenemos que anticipar un tercer peligro dentro de las religiones; además de los dos ya citados: inmovilismo en la doctrina y en la ética. En efecto, hay un tercer elemento (el culto) que está presente en todas las religiones y es desempeñado por la casta sacerdotal. Estos sacerdotes enseñan teología, moral, y además se dedican a corregir los desarreglos que se produzcan en estos dos ámbitos. Pero Cristo, que perdona a publicanos, prostitutas y…, no solo se enfrenta a los escribas (teólogos) sino también a los fariseos (moralistas) y a los sacerdotes (culto); siendo estos los principales causantes de su crucifixión. Y esto hay que entenderlo de una vez; porque cierto cristianismo rutinario sigue poniendo su énfasis en que hay que saberse las oraciones (que sí hay que saberlas, pero no como meta), o en que hay que comportarse de una manera determinada (siguiendo unos mandamientos) aunque estos códigos de comportamiento no sean distintivos únicos del cristianismo sino compartidos con otras religiones. Hay que poner nuestro énfasis en que el único código del cristianismo es el amor; teniendo en cuenta que ni siquiera se le puede llamar código al amor, porque un código es siempre una jaula y el amor es ruptura de jaulas.

Cristo, que no anula la Ley antigua, sí nos dice que los Mandamientos no tienen sentido si no  llevan al hombre hacia el interior de sí mismo: que no se trata de comportarse o de cumplir, sino de ser. Y así responde Jesús al joven que le pregunta: “¿Qué haré, Señor, para ganar la vida eterna?” Responde: ¿No tienes el código de tu religión?, pues cúmplelo –haz lo que te dicen que tienes que hacer– y te salvarás; pero si quieres ser… –y ahora lo conduce del hacer al ser–, si quieres ser perfecto entonces sígueme… Solemos preguntar qué es lo que hay que “hacer”, cuando lo de hacer es secundario: si quieres llegar a la meta, además de cumplir con tus códigos religiosos, debes amar. Cristo jamás enseña mandamientos, porque su enseñanza dice: “En esto conocerán que sois míos, si os amáis”. Y amar no es un mandamiento, es llegar a tu “ser”. Con esto Cristo nos devuelve desde la periferia del hacer al corazón del hombre, a su ser. Y cuando te topas con tu cogollo, con tu ser, te topas con el amor; porque el ser del hombre es Dios, y Dios es Amor: siempre que te preguntes por tu ser, llegarás al Amor. Por eso los cristianos, cuando invocamos un código de mandamientos no hacemos sino copiarlo de otras religiones; porque Cristo sólo puso uno: el mandamiento del amor. ¿Lo sabemos los cristianos? Todas las religiones tienen un código propio menos el cristianismo, que si lo tiene es porque lo ha tomado del judaísmo. Los mandamientos que enseñamos a los niños (y que hay que seguir enseñándoselos) son muy buenos, pero en cuanto son “precursores” del cristianismo. Y “precurrere” significa, “correr delante”. ¿Ven el Tao? Otra vez, el camino. Los mandamientos, abren el camino hacia el cristianismo.

 

SE SALVAN TODOS LOS QUE QUIEREN, PERO HAY PELIGRO DE EXTRAVÍO   (HN-18)

Ya sabemos que nuestra meta como cristianos es ser Hombres: hombres progresivamente divinizados por el Amor; hombres en los que se nos va derramando Dios, madurándonos con Cristo (Dios en el Hombre). Por tanto, y poniéndonos en uno u otro de dos extremos máximos posibles, o hablamos de una religión dinámica que nos lleve incluso a superarla y hasta admitir abandonarla por amor –lo que equivaldría sorprendentemente a una máxima religación con Dios–, o, al contrario, hablamos de quedarnos fijos en una religión de rutinas. Y en este caso, por inmovilismo, dejaremos de ser verdaderos cristianos. Por tanto, miremos con amor a nuestra religión actual y tratemos de lavarla de todo pecado –lavémosla del resultado de tanta ignorancia e incluso malicia humana–; o sea, procuremos quedarnos sólo con aquello que la hace esperanza y alegría: solo con el Amor que la empuja por dentro. Y para ello, volvamos a la ya comentada pregunta de S. Lucas: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (Lc. 13, 23). [La pregunta se la hacen los discípulos de Jesús que todavía son judíos, aunque ya les vaya creciendo por dentro el cristianismo. Lo mismo que nos pasa con el cristianismo actual; pues todavía no nos ha dado frutos suficientes, y por eso seguimos con la tentación de hacer fines en sí mismos al saber teológico y a la religión.]   Y escuchada la pregunta de los discípulos, el cogollo de Jesús les respondió: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. Dios en Jesús (o sea Cristo), sin más, va y cambia el verbo por: “esforzaos”. O sea que el sujeto de salvación eres tú, y por tanto no debes preguntar si son muchos o pocos los que se salvan; porque se salvan todos los que quieren de verdad salvarse. Cada uno debemos preguntarnos: ¿Quiero yo salvarme? ¿Sí? Pues entonces me salvo. ¿Y si se quieren salvar todos?, pues se salvan todos; porque quién tiene la respuesta básica, fruto de la libertad que se nos ha dado para caminar, somos nosotros y no Dios. Sin olvidar que, antes de nuestra respuesta a cada circunstancia personal y desde el cogollo de esta, Dios siempre nos pregunta: ¿quieres que esta circunstancia sirva para salvarte?  Y Jesús –Cristo en Jesús–, que lo sabe muy bien y no dice nada de porcentajes de salvados, nos orienta a esforzarnos a través de la puerta estrecha. ¿Y cuál es la puerta estrecha? La misma vida del Jesús que nos interpela; pues nos dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6). Y en cuanto a pasar por la puerta: “… os digo, que muchos pretenderán entrar y no podrán” (Lc.13, 24). Los que lleguen a la meta serán los que se esfuercen por “ser” como Jesús, y los que no lleguen –los que tienen ese riesgo de perderse– serán los que se queden en el saber y en los detalles del comportarse. Y entre estos últimos puede haber hasta santos insoportables –como los fariseos– que se queden, que corran el riesgo de no llegar a la meta. Fijémonos que Jesús tampoco dice esforzaos en ser cristianos, o sintoístas… no, Cristo solo dice: trabajad vuestro “ser”, desde la religión que tengáis. También San Lucas, un poco más adelante y en el verso 25, dice: Una vez que el amo de la casa se levante y cierre la puerta –expresión típica del Apocalipsis–, los que lleguen después dirán: “Señor, ábrenos”. Y él responderá: “No sé quiénes sois…”. Aquí el sujeto son los que escuchan y le piden, pero después de haber llegado tarde. A estos les dice: ¿Quiénes sois, que no os conozco? Esta forma de presentación es muy oriental, pero la podemos entender porque su mensaje es típicamente cristiano. En efecto, los que se salvan son los que se quieren salvar, pero hay que tener mucho cuidado con esto de querer salvarse; porque hay quienes pueden estar pensando que se están salvando y no ser así. A estos hay que avisarles, y para eso están los cristianos: para avisarles con su conducta, para despertarles y que no vayan a llegar tarde; para que no se extravíen.  Sobre estos que creen ir por caminos de salvación sin que sea así, Jesús no dice que se vayan a perder sino algo muy diferente: hay que despertarles. Jesús no dice, ni mucho menos, que haya quienes se condenen, pero sí dice que hay quienes se pueden extraviar; a los que hay que espabilar. O sea, se salvan todos los que quieren, pero hay peligro de extravío. Y los extraviados, cuando lleguen y se les diga que no son reconocidos, dirán muy seguros: ¿Pero cómo puede ser eso, si hemos ido a misa todos los domingos, hemos comido y bebido con él y hemos recibido sus enseñanzas…? ¡Muy del tiempo judaico!  Aquellos cristianos que hagan de la Eucaristía –que es lo más sagrado del comer y el beber– una parte de su cumplimiento rutinario como meta, estos no entrarán como toca. Ya que, ante la respuesta zarandeante del “no sé quienes sois…”, es como si Dios les quisiera decir: se salvan todos los que quieren salvarse, pero “estos” tienen  el riesgo de no alcanzar la salvación como toca [ya sea por estar convencidos y orondos de salvarse por el solo hecho de haber comido y bebido con el Señor y de haber escuchado su palabra, ya sea por haber cumplido rigurosamente la doctrina teológica sin más aspiraciones]. Es decir, los que quieren tienen un riesgo de no conseguir la salvación “como toca”; y esto por olvidar que “salvarse es volar/convertirse amando”. En resumen, se extravían los que se dejan llevar por la religión sin trascenderla, sin convertirse: o sea, los que toman la puerta grande de la religión y no la estrecha. Sobre esto Cristo nos alerta, cuando dice: “Vendrán gentes de Oriente y Occidente, y os pasarán por delante en el Reino de los Cielos” (Lc. 13, 29). Cristo aquí es tajante: os pasarán por delante los extranjeros de Oriente y Occidente (aunque sean prostitutas, publicanos y…), caso que tengan buena intención y entren por la puerta estrecha. Pensemos que para algunas de estas gentes la puerta estrecha les supone: un temblor de conciencia, al tener que convivir con creencias distintas; una angustia por inseguridad y el malestar derivado de las nuevas costumbres…, además de la ignorancia inquietante ante posibles compromisos posteriores derivados de la nueva vida.

La religión de la puerta estrecha es: ese algo que nos empuja, pero a la vez deja que seamos nosotros quienes tengamos que abrir el camino; quienes debamos abrir la brecha, pisando fuerte sobre nuestras  circunstancias. Esta es la religión de la puerta estrecha, y por esta pasan solo los que quieren. En contraste, los de la puerta ancha son: los que no quieren pasar por la estrecha y encima reclaman muy seguros que se les abra esta; con el argumento de haber comido y bebido según los mandamientos de una religión. Por tanto, una religión puede ser peligrosísima si por un simple hecho –como el de haber acudido a sus ritos y cumplido sus mandamientos– puede afirmarnos que ya estamos  salvados. Pero Jesús dice justamente lo contrario: estos cumplidores-rutinarios que dicen eso son los que no entran, porque se han hecho una puerta ancha a su medida y no quieren esforzarse en pasar por la estrecha.

Nuestra puerta estrecha es: nuestro esfuerzo por vivir con alegría cada uno de los momentos propios, manteniendo constantemente la esperanza…  aunque esto pueda tener mucha dificultad. El cristiano de verdad es el que aunque haya un vendaval de guerra, un desastre ecológico o cualquier otra cosa, mantiene siempre encendida su esperanza y tiene palabras de optimismo que transmitir. Esto  es ser cristiano, y serlo no es fácil… pues las puertas se estrechan; y pueden ser tan estrechas como el ojo de la aguja del que habla Jesús: sí, es muy difícil que pase un camello por el ojo de una aguja, pero el cristiano que se empeñe puede y debe pasar por cada puerta estrecha.

Como podrán apreciar, en este curso -donde pretendemos profundizar en el hombre nuevo- se está acudiendo mucho a citas del Evangelio; porque lo que se está diciendo pretende ser no solo novedoso sino también “buena noticia”. El cristianismo, intoxicado por religiones de la tierra, ha llegado a perder de vista su propia novedad; y por esto olvida que la religión tomada como meta no salva a nadie. ¡Fíjense, lo que se acaba de decir! Siendo verdad que a los lectores actuales que estén preparados no les sonará tan mal lo dicho, ¿cómo le sonaría a la comunidad del año 75, a la que escribe Lucas, si hubieran sabido el sesgo de lo que más preocupa hoy a muchos mal llamados cristianos? Si hubiesen sabido que hoy la meta religiosa de muchos no es la alegría y el gozo en el amor, sino ir a misa los domingos y escuchar la Palabra de Dios. Porque hoy desgraciadamente todavía creen muchos, los perdidos, que solo por este cumplimiento se consigue la eterna salvación.

Hoy ya se puede decir que muchos de los que van rutinariamente a misa no son cristianos. Pero ¿se imaginan que hace unos años, cuando estábamos inmersos en la teología del comportamiento y de la moral cristiana, hubiese llegado San Lucas a predicarnos que también se salva toda la gente de buena fe si se esfuerza en la vida? ¿Que no se salvan solamente los de vida piadosa?  Pues si tú llevas la vida como toca –pues ésta es la puerta estrecha– te llegará la salvación. Que si te toca una pena, debes aceptarla e ingresarla en tu vida.  Lo mismo que si te toca una alegría: bendice a Dios e ingrésala en tu vida. Y si tienes un hijo disminuido, bendice también a Dios; pues por ahí también viene todo un misterio de salvación. Es decir: por todo lo que “seas”, a través de lo que te toca, por ahí te viene la salvación. Habría que llegar hasta decir, incluso desde el mismo púlpito, que se va a salvar todo el mundo y que el peligro mayor lo tienen  los que comen y beben rutinariamente el cáliz del Señor. Es evidente que esto también hay que explicarlo, y decir que el peligro no está en la misa sino en creer que porque vayas a misa ya estás salvado; porque esto último jamás lo ha dicho Jesucristo. Más bien ha dicho todo lo contrario, y has de saberlo; no para que dejes de ir a misa, sino para que nunca permitas que la misa te exima de ser lo que debes ser en la vida: intentar ser un verdadero cristiano. Si llevamos al límite lo anterior, se puede ser muy cristiano sin ir a misa, e ir a misa sin ser cristiano.

Resumiendo: La puerta más ancha, que es la decisión más cómoda y por la que uno se extravía, es la que hace de la religión una meta. La puerta más estrecha: la que permite escuchar a Dios en el corazón y estar siempre a su disposición; es la que nos hace esforzarnos por vivir con alegría cualquier hecho de la vida, por duro que este sea, y mantener siempre la esperanza: porque “Dios es amor”.

En resumen, si la religión no nos hace acercarnos al amor podemos afirmar que no es religión.

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