Síntesis del curso Hombre Nuevo – XXI, XXII y XXIII de Antonio Oliver Montserrat

Antonio-Oliver-MontserratSeguimos publicando progresivamente el resumen escrito de cada una de las lecciones del curso “Hombre Nuevo”.

También os recordamos que en iVOOX podéis acceder a otros cursos (desafortunadamente este no)  (>> Haced clic en este enlace <<),

Seguidamente, la vigésimo primera, vigésimo segunda y vigésimo tercera lecciones.

Podéis descargar los archivos haciendo clic en los enlaces (formato Microsoft Word) o leerlos directamente el texto en el navegador (más abajo)

HN-23 El cristianismo avanza a medida que se desprende, se vacía, de..

HN-22 Tienes a Dios cuando lo sientes, pero más aún en tus vacíos

HN-21 Dios-Amor, es el verdadero corazón de las cosas

Lecciones anteriores:

HN-20 Amar a los demás, es nuestra forma de experimentar a DiosHN-19 El secreto del amor y el gozo, está en el corazón del hombreHN-18 Se salvan todos los que quieren, pero hay peligro de extravíoHN-17 Los Mandamientos, abren el camino hacia el cristianismoHN-16 Cuando el hombre ama se genera gozo, porque se manifiesta DiosHN-15 La salvación es un tema de amor- de fiesta, alegría y gozoHN-14 Cuanto más me lleno de Cristo, más persona soyHN-13 El que distingue entre lo laico y lo sagrado, no es cristianoHN-12 La Creación es salvada, dentro de mí, por el AmorHN-11 Dios crea para encarnarse, y se encarna para salvar todoHN-10 El Cristianismo, siempre fue y será novedadHN-09 En la vida me toca construirme, recrearme, desde mí mismoHN-08 Renueva tu pensamiento, fruto de tu actitud de conversiónHN-07 Sé fiel a tu tiempo, pero siempre con ternura en el corazónHN-06 Quien no tiene ternura, carece de olfato para sentir a DiosHN-05 Queremos caminar hacia nuestra síntesis totalHN-04 El Hombre, va viniendo a través del hombreHN-03 Somos el niño, el hijo, de todos los que nos antecedieronHN-02 Me pueden quitar todo, menos mi libertad interiorHN-01 Introducción al curso -El Hombre Nuevo;

DIOS /AMOR, ES EL VERDADERO CORAZÓN DE LAS COSAS (HN-21)

Vamos a continuar con el amor, cuyo descubrimiento no solo es una experiencia que arroba y arrebata sino que tiene potencial suficiente como para cambiar el sentido de la vida y de la historia. Por ejemplo para cambiar la percepción del tiempo, que llega a desaparecer en la dimensión del amor; pues no le prestamos atención cuando estamos con la persona amada. También el amor nos arroba, y hasta tal punto que solemos decir: desde que tú estás todo parece más luminoso, has cambiado mi vida y si me quitaran tú presencia hasta me podría morir. ¡Pero no exageres! que sin ella todavía quedarían miles de millones de personas. –Sí, pero si me quitasen ésta me moriría, pues todo el resto junto no llenaría el hueco que me llena esta–. El amor del que estamos hablando, ese que cambia todo radicalmente, es la experiencia de Dios. Y cuando se experimenta a Dios todo cambia de sentido: el mundo cambia de luz y de color, la vida se nos llena de presencias y se disipan nuestras sombras de soledad mortal. Incluso dentro de la limitada experiencia del amor humano, también podemos afirmar: cuando alguien entre en tu vida y la trastorne toda, ahí también sonarán pasos de Dios; o sea, por ahí también podrás llegar a saber algo de Dios. Los místicos enseñan magistralmente esta experiencia, cuando dicen que a Dios se le encuentra en el centelleo del amor. Donde el amor centellea, allí está Dios: en lo inolvidable, en lo que cambia radicalmente la vida de uno, en lo que orienta nuestra vida para siempre, ahí está Dios. Cuando estás enamorado de verdad, tienes la sensación de que ese amor tuyo –tan grande– es Dios que está pasando por allí trastocándolo todo. O como decía Gabriel Marcel: “Decirle a alguien te amo, es decirle que no morirá”; porque lo que toca el amor lo hace inmortal. En efecto, el amor es Dios y Dios es inmortal. Si tú amas a alguien, esa persona no morirá; pues aun siendo verdad que podrá irse lo que no podrá es morirse, porque el amor ya la ha hecho inmortal. San Juan nos ha dicho que a Dios nadie lo ha visto jamás; pero si tú te acercas a tu hermano y en ese encuentro sientes como un fogonazo –un centelleo interior–, que te hace decir ¡ya lo entiendo ahí está Dios!, entonces es que “has visto” a Dios. Ahora, imagina que multiplicas ese amor –ese del que tú tienes experiencia, ese que transformó tu vida desde la raíz en un momento y que puso a temblar toda la chopera de tu ser–, imagina que vas y lo multiplicas por tantos habitantes como tiene la tierra; seguro que dirás: esa enormidad no me cabe y si me cupiese me mataría, pues no soportaría tanto amor. En efecto: cuando el amor total llega, uno se muere. Y los que se mueren y mueren bien, mueren por esto: cuando Dios/Amor te llena del todo, es verdad que te salva pero explosionándote el corazón. Y aún cuando sólo tengas empezado el camino del amor (como ahora nosotros) y oigas que en… han muerto de hambre miles de niños, aún cuando esto sólo te conmueva el corazón será señal de que Dios está cerca de ti. Sigamos con San Juan y sus discípulos, que fueron arrebatados a una forma extraña de éxtasis que hoy llamaríamos mística: éxtasis donde las cosas tienen otro sentido, sólo interpretable desde la propia experiencia mística. Por tanto es una osadía que, los que no hemos tenido experiencia mística profunda, intentemos adentrarnos en el Apocalipsis; pero a lo mejor alguno la ha tenido y esto le puede servir para confirmar su indecible experiencia. Veamos los versos 5 a 7 de la primera carta de San Juan. Fíjense lo atrevido que es San Juan, pues ¿quién se atrevería a decir esto?: “El mensaje que hemos oído del Señor Jesús, es éste y os lo anunciamos: Dios es luz”. O sea, hay que poner juntos la luz y el amor. San Juan, que es un maestro, también dijo esto en el prólogo de su Evangelio: “la luz brilló en las tinieblas”. Pero ahora lo que estamos comentando es una parte de su carta: “Este es el mensaje: os digo que Dios es luz”. Está claro que este mensaje no es pensamiento, pues no es lógica; ni tampoco es comportamiento, pues no se refiere a la ética; esto es algo de la estética indecible. [La física moderna hoy sabe de esto, pues dice que la luz puede ser para ti onda o corpúsculo según cómo la observes. La luz es onda y corpúsculo a la vez, pero según sea el instrumento con el que la enfoques la percibirás como onda o como corpúsculo: “la luz” será, para ti, según la percibas dentro de ti. Otra vez el corazón, como perceptor del amor; otra vez tu interioridad con libertad de discernimiento]
Entonces, ¿quién es Dios? Depende, de cómo camines hacia él y de cómo lo interpretes. Si vas en plan jurídico, lo verás como un juez. Si vas hablando corpuscularmente, la luz será para ti un corpúsculo. Pero, ¿no es la luz también una onda, una vibración? Sí, vibracionalmente hablando, Dios –la luz– es una vibración. Y, ¿no hemos dicho también que Dios es un Padre? Sí, también, pero siempre depende de cómo lo mires. ¿Es que acaso lo ves, como ve un hijo a su padre bueno? Así pues –como Dios es luz y por tanto no hay tinieblas en él– si por un lado afirmamos que estamos en comunión con él pero a la vez se nos ve claramente que andamos en tinieblas, es que mentimos; es que caminamos perdidos mintiendo por ahí, y muy posiblemente lo hagamos desde tinieblas de religión.
Pero si caminamos por la luz, o sea si entendemos a Dios como luz (como un “Dios que es luz y cuya luz vibra en mi según yo sea”), entonces podremos estar en sintonía no solo con Dios sino con toda la comunidad; ya que la luz básica divina es comunitaria. O sea, como “esta luz” es onda primigenia básica, nosotros solo podremos cabalgar en ella en cuanto seamos onda resonante con, y soportados por, la onda básica. Además, como esta onda es comunitaria, no podemos encontrarla de forma individual: sólo podemos acceder a ella –a nuestra resonancia con la luz primigenia– a través de la comunidad.
Después del mensaje que nos ha dado anteriormente Juan; ahora, en 3.1, se atreve a decirnos otra cosa parecida: “sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida”. O sea, que estábamos en la muerte –el exterior– y hemos pasado a la vida –al interior–; que hemos pasado de la ley, a la justificación interior de nuestra vida. ¿Y como sabemos esto?, pues porque somos cristianos. ¿Y qué es ser cristiano?, haber pasado de la muerte a la vida. Pero, ¿en qué onda hemos pasado de la muerte a la vida? Ahora es cuando viene la segunda parte justificadora del por qué lo sabemos: “Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos”. O sea:
*El que no ama al hermano (al no experimentar “la resonancia con la vida”) continúa en la muerte.
*Y también sigue en la muerte, el que cree ver a Dios cada día pero no ama a su hermano.
*Y (al revés) aquél que ama de verdad a su hermano, está en Dios aún sin ser consciente de ello.
*En resumen: No hay comunicación con Dios sino a través de los hermanos. No se puede hablar de religión si no se produce esta religación desde nuestro corazón y a través del amor a los demás.
El cristiano, que nació en la muerte (esto habrá que explicarlo, pero digámoslo ahora así para entendernos) ha pasado a la vida. Y estar en la vida amando, es experimentar “la vida”; es experimentar a Dios. El cristiano al amar, al estar a disposición de todos y para todo lo que necesiten, tiene ya su experiencia interior de Dios; y, por tanto, cuando muere ya no pasa por “la muerte/no vida” porque ya ha sido introducido en “la vida” por el Dios encarnado en su interior: ya ha sido trasladado de la muerte a la vida. Lo que otros alcanzan con la muerte (que es el llegar por fin hasta Dios), el cristiano ya lo alcanzó desde el momento en que fue consciente de llevar dentro a Cristo (Hombre/Dios). Los cristianos, con el Bautismo, ya hemos comenzado la vida eterna; o sea, ya estamos de alguna forma en la vida eterna. Por tanto, para los cristianos la muerte no es una experiencia mortal sino una experiencia de vida total: es un “continuar el camino” con los que nos precedieron, y “a la espera” de los que vendrán.
San Juan es rotundo, y sigue: “el que no ama, permanece en la muerte”, el que no ama no ha sido trasladado de la muerte a la vida. Notemos bien: solo llegamos a “ser” en la vida, si amamos a los hermanos. Porque si vas a misa cada día y comulgas y no amas a los demás –fundamentalmente a los más necesitados y desvalidos–, estás en la muerte: y si es así no deberías comulgar.
El cristianismo aporta una visión cosmológica, al ver en el corazón de cada cosa a Dios: al sentir que el corazón de cada cosa es amor. Según esto el que se quede en la periferia y no ame permanecerá en la muerte, porque no alcanzará el corazón amoroso de las cosas. Y al contrario, el que ame desembocará en “ese lugar en el que Dios es todo en todo”; donde Dios es “el ser” de todo. Por esto si cuando trabajas, estudias… o vives, eres capaz de llegar al corazón de lo que haces, entonces podrás llegar al amor y así descubrir esa realidad-soporte de todo que es Dios.
Dicho de otra forma: Solamente sabrá realmente física y…, pero sobre todo sólo conocerá el secreto del mundo, quien sepa realmente amar. Sólo el que sepa sentir en la longitud de onda en que vibran todas las cosas (la tierra, la planta, el animal… y el hombre), que es precisamente en la que resuena Dios desde siempre, podrá acceder al secreto de todo: al amor de Dios. No hay más que una realidad, la de Dios: el todo en todo. No hay más que una onda básica vibratoria, que es precisamente la forma que tiene de vibrar el amor: Dios-Amor. Quien investigue las estrellas y no se acerque a ellas con amor, no podrá acceder a su cogollo y por tanto no las conocerá nunca de verdad. Si investigas al hombre y no te acercas a él con amor, jamás llegarás a su corazón: jamás lo conocerás. Si tú investigas a Dios como teólogo y para ti Dios es solo una lógica o moral, no podrás conocerlo; porque Dios es amor.
Y que Dios sea amor, quiere decir: Dios es el corazón de las cosas, y el corazón de las cosas es Amor. El único camino que tenemos para llegar al corazón de las cosas, y al corazón de las personas, es el amor. Y esto es lo que hace que sepamos, o no, si somos cristianos –si estamos trasladados de la muerte a la vida, del no saber al saber, del no ser al ser…– porque solo lo seremos si amamos a nuestros hermanos. Quien no ama pertenece todavía a las tinieblas, por mucho que sepa y por mucho que se llame cristiano; y quien ame, si ama de verdad, será cristiano por muy fuera que esté de las normas. En resumen, quien ama es capaz de llegar al corazón de las cosas y de vibrar en la misma frecuencia de Dios.

 

TIENES A DIOS CUANDO LO SIENTES, PERO MÁS AÚN EN TUS VACÍOS (HN-22)

De Dios se puede saber más por lo que no decimos de él que por lo que decimos. Uno se puede acercar a Dios por la reflexión teológica –la lógica del pensamiento– y por la teología moral, pero lo que va persiguiendo el cristianismo es llegar a zambullirse en la experiencia de Dios (tener a Dios como centro, estar centrados en Dios); experiencia que hacemos a través del corazón y del amor. Si bien, cuando decimos que a Dios no podemos acercarnos suficientemente por la inteligencia ni por el comportamiento sino por una experiencia cordial y amorosa, estamos corriendo el peligro de dar a entender que Dios es no-cognoscible o que tampoco podemos llegar a él por nuestras obras. Y, al revés, al afirmar que a Dios nos acercamos por la cordialidad –por el temblor del corazón, por la sensibilidad, por la capacidad de emocionarnos– también hay que tener mucho cuidado; para no caer en el peligro de los que circulan solo por un camino superficial. Siendo esta superficialidad, el estar convencidos de la barbaridad siguiente: a Dios se le tiene cuando se le siente, y no cuando no se le siente –cuando solo sentimos nuestro vacío–. Está claro que Dios es muy difícil de decir, y Jesús se encontró con este mismo problema. Siempre hay que tener mucho cuidado cuando se habla de Dios pero, si logramos decir las cosas de una forma concatenada, al final será posible llegar a tener una idea provisional de lo que se quiere decir cuando se afirma: Dios, que es inefable –o sea no decible con palabras–, es experimentable. Entonces, si a Dios no se le puede decir pero sí experimentar, cuando el experimentador trate de comunicárselo a otros tendrá que decirles algo sobre su experiencia de Dios. Visto así es como un círculo del que no podríamos salir, pues estaríamos condenados a dar vueltas eternamente en él, tratando de decir lo indecible. No obstante si retenemos esta idea, junto a que la teología se hace por etapas (pues desgraciadamente hay cosas que sólo sabemos decirlas consecutivamente, aunque sepamos que son contemporáneas en la historia y que se dan conjuntamente de alguna forma), entonces estaremos en disposición de dar un paso importante en la comprensión del Dios inenarrable o inefable. En cualquier caso sí podemos entender, al menos, que Dios no es inteligible. Dicho esto, nos tenemos que preguntar: ¿entonces, si no es por la razón, cómo podremos acercarnos a Dios? ¿Y qué queremos decir al afirmar que Dios es un secreto para el pensamiento? Simplemente, que a Dios se llega mejor por la sensibilidad (por la ternura) que por el pensamiento; que Dios no es pensable, sino sensible: en el sentido de que es capaz de ser sentido. ¡O se tiene una experiencia de Dios o no se le tiene! Y Jesús, que se encontró con el problema de tener que explicarlo, se inventó una serie de recursos; uno de los cuales, y fundamental, es lo que hoy llamamos la kénosis. “Kenos” en griego significa “vacío”. En griego moderno hay otra palabra parecida, “kainós”, que también se pronuncia kenos y que significa “nuevo”; de la raíz “kain”, “novedad”. O sea este vacío, esta “kénosis”, es un sustantivo, es algo así como “la vaciedad” o “el resultado de vaciarnos”; aplicable a Jesucristo y a nosotros. Retengamos que el kainós es tan importante como el kenos, pues cuando uno se vacía, justamente ahí es donde se convierte y se hace nuevo; es decir que, el hombre nuevo es un hombre que ha logrado vaciarse de… y de renovarse en esos huecos con… Y ahora diremos con qué. Retengamos que hay que conjugar bien los dos significados juntos (Kenos –vacío– junto con kainós –nuevo–) pues están uno en función del otro: yo estaré tanto más vaciado cuanto más nuevo sea; y, al revés, yo seré tanto más nuevo cuanto más vacío esté de ataduras, privilegios, inmovilismos…, o sea de todo lo que limite mi libertad para caminar. San Pablo, en la carta a los Filipenses (2, 6-7), nos transmite que Jesús –de condición divina– se despojó de su rango y tomó la categoría de hombre (despojarse de su rango se dice en griego: ekénosen, se hizo kénosis, se vació), y se vació tanto que se hizo hombre. Pues bien, esta kénosis es el vaciamiento –el abajamiento, el despojamiento– que tiene que darse siempre en cualquier experiencia de Dios. Por ejemplo: “A oscuras y sin nada”. ¿Les suenan también estas otras Kénosis, típicas de todos los místicos?: “Noche oscura del alma”, “La villa del desierto”, “La soledad del desierto”… Veamos la síntesis de todo esto: A Dios nos podemos acercar por lo que de él entendamos, pero por este camino nos quedaremos muy lejos; también podremos acercarnos por lo que practiquemos, pero también quedándonos muy lejos; en cambio por lo que experimentemos sí podremos acercarnos bastante más a él, sabiendo que será mayor nuestra experiencia de Dios cuanto más nos despojemos de nosotros mismos: cuanto más kénosis nos hagamos. Con lo cual estamos proponiendo una especie de contradicción: para acercarme y experimentar a Dios tengo que desnudarme y vaciarme de mí mismo. Sí, esto es lo que dice el texto de Filipenses 2, 6-11 y ésta es toda la tesis de hoy: para acercarme a Dios necesito desnudarme de mí mismo; necesito practicar y experimentar el vacío. Y se entiende por vacío: las situaciones de desesperanza, los equivalentes a desgracias –léase el desnudo forzado, el desprendimiento involuntario de algo, la pobreza, la indignidad, las consecuencias de la injusticia estructural, la marginación…–, y sobre todo la negrura psíquica de esos pozos de desesperación donde parece no quedar esperanza alguna. En todo esto se sufre kénosis: experiencias de vacío. Por tanto, vamos a ver si nos acercamos y hacemos un catálogo de kénosis a través de Jesús. Cuando leemos los textos de los evangelistas, sobre todo el de San Mateo que es el que más tiempo ha dedicado a la kénosis, nos encontramos con hechos que no solemos meditar suficientemente: En cualquier momento que sorprendas a Jesús, lo encontrarás rodeado de ovejas negras. Cristo solamente quiere ovejas negras: publicanos, prostitutas, samaritanos –que son malditos porque no son judíos–, leprosos, viudas desvalidas e ignorantes, enfermos, ciegos, cojos, tullidos… (lo que hoy llamamos out side, gente marginada) y también niños. Pues bien, este es el espectáculo real humano; y esto tiene un mensaje: somos gentes realmente vacías o vaciadas a la fuerza. Pero esta preferencia de Jesús es difícil de entender, ¿verdad? Y más cuando la teología del gozo nos ha enseñado esa secuencia en tres momentos de la historia de la salvación que ya explicamos anteriormente: Creación–Encarnación–Salvación. [Las tres etapas del proyecto de Dios para el tiempo de la historia, donde Dios crea para encarnarse y se encarna para salvar, no hay que desengancharlas; porque si no podríamos retornar a ese agustinismo teológico –muy peligroso– según el cual Dios creó el mundo perfecto, pero el hombre lo estropeó con el pecado y Dios se tuvo que inventar la encarnación. Esto es una barbaridad, porque: “Todo se hizo por él, para él, y sin él no se hizo nada de lo que se hizo” (Jn. 1, 3). Nuestro mundo hace presente la Creación –pues ésta sigue recreándose–, y hace presente la Encarnación –pues Dios se sigue encarnando–, y hace presente la Salvación –que ya se ha realizado en Cristo y se sigue realizando en nosotros como Dios en el hombre–]. Esta explicación lineal de la historia de la salvación responde a una concepción gloriosa de la teología y está bien que sea así, pero para conocer mejor la realidad del plan de Dios hay que integrarla en la teología que San Pablo llama de la kénosis, o del vaciamiento. Según ésta, la base de todo el acontecer simultáneo Creación–Encarnación–Salvación, el soporte de todo el Plan de Dios, es “la kénosis”. Y esto se puede decir de la siguiente manera: toda esta gloria sucede en “el dolor de parto de la Creación”. Nuestro caminar funciona sobre la base de la kénosis: del desprendimiento, desnudez, pobreza, desgracia, marginación…; del ser publicano, niño pequeño, viuda… y de todo el dolor de parto que queramos añadir y que define nuestra historia. Este nuevo esquema se presenta así:

 

Diagrama

 

No hay creación sin kénosis (pues el parto se sigue produciendo), ni hay encarnación sin kénosis (pues en Cristo hay re-creación y nuevo parto), y no hay salvación sin aún más kénosis (la de la muerte que nos lleva a la Vida). Por tanto, la kénosis se va acumulando en la medida en que el caminar de la historia se acerca a su salvación. Dicho esto, e insistiendo una vez más en que todo es diacrónico pero contemporáneo en la voluntad salvífica de Dios, ahora percibimos en San Mateo una cosa muy curiosa: Las tres palabras (Creación–Encarnación–Salvación) se anillan entre sí gracias a la kénosis; que es la condición indispensable para que sucedan. Es decir, sin el vaciamiento de la Creación no crece ésta con la Encarnación, y si no es por su kénosis la Encarnación no va hacia la Salvación. La condición del crecimiento es el desprendimiento de lo anterior: pasar la puerta estrecha, manteniendo la esperanza.
Y queriendo forzar aún más el tema, habría que decir: esta línea “Creación–Encarnación–Salvación” tiene unas presencias tales de vacío que no se sabe hasta qué simas de profundidad llegan; aunque siempre continúe esta línea gloriosamente. En esta línea no hay otra forma de avanzar, más que con experiencias de “vacío”. Experiencias que, vividas en cada tiempo, angustian como si desapareciera toda esperanza. Y esto ya lo sabía San Pablo, y por eso dice (en su carta a los Romanos 4, 18): “contra toda esperanza, creyó que…”. Dios nos llama a la Salvación, y Dios nos espera dentro de cada vacío para ayudarnos a superarlo. En resumen: todas estas “experiencias de vacío” son kénosis, y gracias a ellas las tres etapas se pueden contemplar como un conjunto. Pero este conjunto no acaba de estar logrado (ya que está siempre en evolución), puesto que se muestra lleno de agujeros –las puertas pequeñas de nuestros vacíos– que están por todas partes. Es mucha la kénosis, pero esta es la razón de ser de todo; y sin kénosis no hay nada. Hay una fórmula que define la kénosis, inventada nada menos que por Cristo y dicha de un modo perfecto. ¿Saben cuál es? “El que quiera salvar su vida (por la línea gloriosa) la perderá, y el que la pierda (por la kénosis y superando vacíos) la encontrará” (Mt. 16, 25).

EL CRISTIANISMO AVANZA A MEDIDA QUE SE DESPRENDE, SE VACÍA, DE… (HN-23)

La teología lineal y gloriosa digiere bastante mal lo ya dicho sobre la kénosis; sobre las “experiencias de vacío”. [Recordemos que terminábamos el resumen anterior con la frase de Cristo siguiente: “El que quiera salvar su vida (entendamos que por la línea gloriosa) la perderá, y el que la pierda (entendamos, con kénosis y superando vacíos) la encontrará” (Mt. 16, 25)]. O sea, con el catecismo antiguo y la teología gloriosa era imposible la integración de la kénosis; porque se olvidaba algo tan esencial y necesario como es la idea del tiempo y su desarrollo en la historia. La teología racional no sabe explicar la kénosis, ni tampoco integrarla en su paradigma. La teología de la gloria, que inició San Justino en el s. II, tuvo continuidad hasta que Lutero –en el s.XVI– introdujo la teología de la cruz. [Hay un libro, “El Dios Crucificado” de Jürgen Moltmann (catedrático protestante en Tubinga), bueno pero difícil de leer]. Los católicos, durante siglos hemos hecho teología de la gloria: teología filosófica cuya coherencia podríamos decir que está en la esencia de una fe estática y lineal, y que ve el proyecto de Dios desde fuera de la historia. En cambio, los protestantes se han encargado de profundizar en los “agujeros” de la historia. Y concretamente fue Lutero el que vio, como agustino y agustinista que era, que la teología de la gloria –humanista, brillante, hermosa, atractiva, lúcida– no funcionaba cuando se descendía a la dura realidad de las experiencias humanas con vaciamiento y angustia; y como conocía la doctrina (que venía de San Agustín), empezó a hablar del “Cristo crucificado” y su relación con las “aporías”. Entendiendo que una aporía vendría a ser como un poro tapado, como un túnel cegado para que no transpire la realidad maloliente de la inmadurez humana subyacente; o sea, para que no apeste la oveja negra que somos internamente. Lutero decía que la teología de “los romanos” (como él los llamaba) era una teología con muchos agujeros tapados –para que todo pareciera brillante y luminoso–, que no dejaba conocer la realidad de Cristo. Y por tanto nos destapa los agujeros, los poros, para que veamos las negruras hasta las que Cristo llega a rebajarse –kénosis–; en las que llega a morir totalmente desnudo y en aparente fracaso personal: suyo y de su doctrina. Y esto es lo que explica Moltmann en “El Dios Crucificado”: en el que este Dios es God (o sea, el Dios de la luz y la alegría, el de la línea de la consistencia…), pero también es (the crucified) el crucificado. Por tanto, para el cristianismo este Dios es un Dios de centelleo y de luz total, pero clavado en una cruz. O sea, no es un Dios en soledad –como dicen algunos católicos– ni tampoco es dolor solamente –como dirían ciertos protestantes exagerados–; “es un Dios doliente”: es Dios sufriendo el dolor de Cristo; precisamente por ser Cristo “Dios en el hombre”, y por estar este crucificado”. Y ahora viene la pregunta: ¿es que Dios puede sufrir? La respuesta parece fácil, pero no para el Dios de los teólogos sino para el Dios de los místicos; y por esto cada uno tendremos que escoger muy bien nuestro camino de reflexión al tratar de despertar nuestro interior. Si bien en caso de admitir que para unos Dios pudiera sufrir y para otros no, habríamos terminado con esta reflexión. Ciertamente. Pero sigamos. ¿Y cómo puede sufrir Dios si es el inconmovible? Respondamos preguntando y con un planteamiento dual que no es el nuestro: ¿Cristo sufrió? Caso que sufriera, entonces, la respuesta sería: Cristo no puede ser Dios porque sufrió; o sí lo es, y como tal es inconmovible, entonces no pudo sufrir (sobre esto, San Cirilo ya apuntaba el peligro de que Cristo fuese un farsante que hacía ver que sufría sin sufrir). Pero, nuestro planteamiento es: Jesucristo es un hombre, que sufre como nosotros, y además admitimos que es Dios. Desde este planteamiento el Cristo de Moltmann es iluminador, es programático: Cristo es Dios, que sufre en el hombre; Cristo es Dios crucificado. Y, al ser Cristo el modelo de todo cristiano, el cristiano que quiera avanzar por la línea de Dios lo irá haciendo a medida que vaya crucificando cosas; a medida que vaya desprendiéndose de cosas –incluso de la vida–, con los correspondientes dolores de parto. Recordemos: “El que quiera mantener su vida (en referencia a la línea gloriosa) la perderá, y el que la pierda (en referencia a la kénosis tras la que nos espera Dios) la encontrará”. Y Cristo también dijo: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere -kénosis-, no da fruto; pero si muere, da mucho fruto”. Entonces, ¿de qué depende la sementera?: de que el grano se descomponga –en tierra fértil y según las condiciones de su surco– y alumbre la vida de su primera brizna; engendrándose a partir de ella la espiga y la cosecha.
Una vez reafirmado que todos nuestros frutos vendrán por nuestra capacidad de desprendernos de… con dolores de parto, y que aquí juega un papel primordial el esfuerzo doloroso de cada desprendimiento/circunstancia, ahora podemos comenzar a leer a San Mateo. [Pero antes conviene recordar que los evangelistas empezaron a escribir sobre el año 70 o 75, y que todos citan “dichos de Jesús”; es decir, que cuarenta años largos después de la muerte de Cristo citan unos dichos –no escritos en ninguna parte– que fueron recibidos por transmisión oral. Estos dichos se llaman logia, o logion en singular. Pero no es que Jesús dijera 40 logiones seguidos, sino que los dijo a lo largo de su vida; y después es el evangelista quien los recoge y los une en un capítulo, como es el caso de las Bienaventuranzas. Ciertamente las Bienaventuranzas son logia de Jesús, pero es muy posible que no las dijera nunca seguidas]. Pasemos ya a la lectura del capítulo 18 de San Mateo, versos 1 a 7 y 10, que es un caso claro de logia; en la que comenzaremos por lo más agradable; para luego pasar a todo lo que son los dolores de la humanidad: como son los enfermos, el mundo de los publicanos, las prostitutas…; que a veces la teología filosófica-racional ignora y que no se pueden ignorar puesto que Cristo viene justamente para curar estas enfermedades.
El comienzo de la logia del capítulo 18 de San Mateo, dice así: “En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?”… Fíjense en la pregunta, pues es una pregunta de los apóstoles; es decir, de los que seguimos a Jesús y queremos ir al cielo por la línea recta. Es una pregunta propia de la línea teológica gloriosa, de los apóstoles y también de algunas mamás de los apóstoles como la madre de los Zebedeos; pues esta mujer (parienta de Jesús, como prima de María…) se acercó un día a Jesús y le dijo: -Quiero que me hagas un favor; que estos dos hijos míos, Santiago y Juan, se sienten a tu derecha y a tu izquierda en el cielo-. Es importante esta idea, puesto que el hombre en general tiene la tendencia a situarse en la línea recta del éxito y del bienestar, y los creyentes en particular tienden a colocarse entre los primeros en el cielo; dando por sentado que tienen asegurada la entrada. Y aquí aparece la idea contrapuesta de Jesús: “los primeros serán los últimos, y los últimos los primeros”. ¿Ven cómo suena la kénosis aquí? Cuando te inviten a un banquete procura ocupar el último sitio, y así cuando venga el que te invitó te dirá: sube más arriba, a la cabecera. Los despojados –los vacíos, los últimos–, solo por el hecho de serlo han de ser los primeros. ¿Quieres honor? Pues no tiendas a ocupar sitios de honor, “abájate”; para que sean los demás los que tengan que solicitarte para esos sitios. ¡Qué curioso! Se llega a “la vida” renunciando a la vida; y la cosecha se da cuando el grano muere (es crucificado) en el surco. ¿Ven los agujeros? Se llega a “la vida” al otro lado del agujero (al otro lado de la puerta estrecha, de la aporía) siempre por renuncias: siempre por el vaciamiento-conversión y siempre con esfuerzo. Sigamos con la pregunta en Mt. 18, 1. Cuando los apóstoles, que querían ser los primeros, le preguntan: “¿Quién es el primero en el reino de los cielos?”, va Jesús y sin más coge a un niño, al más pequeño, lo pone en medio y dice: “En verdad os digo que si no os hacéis como niños no entráis en el Reino de los Cielos”. (Recordemos que “En verdad, en verdad…” es en hebreo “amán”, un verbo rotundo que significa “estoy seguro, afirmo”; y que todavía hoy lo decimos como “amén”, como fórmula sustantiva). La respuesta del Señor no es de teología, sino de experiencia de la fe: “De éstos es el Reino de los cielos”; de los despojados, de los vacíos, de los pequeños. ¡Ya está! Le han preguntado: ¿quiénes son los primeros? y Jesús no sólo no responde directamente sino que va hacia atrás: -No, no preguntéis acerca de quién será el primero, preguntad antes si tenéis la entrada segura. Porque vosotros creéis que tenéis la entrada segura, y por eso preguntáis; pero para entrar –no ya para ser primeros sino solo para entrar– hay que ser como niños. ¡No entrarás si no te conviertes, si no te haces niño! Dejemos bien claro, que entrar en el cielo –lo que deseaban los apóstoles y también nosotros– no se hace por la línea gloriosa, sino por los agujeros y los esfuerzos de hacerse como niños. -¡Pero Señor, si yo tengo 90 años! ¿Cómo pasaré? -Pues haciéndote niño. Y si vamos ahora al verso 4 de Mateo, dice: “El que se humillare -kénosis, humildad- hasta hacerse como un niño, éste será el más grande en el reino de los cielos; y el que recibiere a un niño… a mi me recibe” etc. Luego viene el verso 10, que dice así: “Mirad que no despreciéis a uno de estos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el cielo la cara de mi Padre…”
Notemos bien los pasos que ha ido dando. Primero, dos cosas: no entráis si no os hacéis como niños (donde hacerse como niños significa humillarse, “abajarse”), y, el que recibe a “un niño como ese” recibe a Dios. Y segundo, no despreciéis a uno de estos pequeños –los doloridos de la humanidad, los perdidos, los marginados…– porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo (en el cielo) la faz de mi Padre. Y San Mateo añade, en el verso 11: “Porque el Hijo del hombre ha venido a salvar… lo que estaba perdido”. ¿O es que esperábamos que viniese para otra cosa? El Hijo del hombre no ha venido a salvar lo que estaba salvado, sino lo que estaba perdido; eso que llamamos marginación: los tontos, los niños, drogadictos, explotados… los perdidos. O sea que, “el aparente desastre de la kénosis” es la explicación de lo anterior. ¿Somos conscientes de que la kénosis total implica nuestro abajamiento y nuestro esfuerzo continuo de desprendimiento, para poder conseguir “la salvación total de lo perdido”?

 

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