OK Oliver: Hombre Nuevo – XXIV, XXV y XXVI – Los agujeros de la vida | Parroquia Padre Nuestro

Síntesis del curso Hombre Nuevo – XXIV, XXV y XXVI de Antonio Oliver Montserrat

Antonio-Oliver-MontserratSeguimos publicando progresivamente el resumen escrito de cada una de las lecciones del curso “Hombre Nuevo”.

También os recordamos que en iVOOX podéis acceder a otros cursos (desafortunadamente este no)  (>> Haced clic en este enlace <<),

Seguidamente, la vigésimo primera, vigésimo segunda y vigésimo tercera lecciones.

Podéis descargar los archivos haciendo clic en los enlaces (formato Microsoft Word) o leerlos directamente el texto en el navegador (más abajo)

HN-26 Nos vamos llenando de Cristo (Dios que nace y sufre en el hombre), según buscamos nuestra meta por los agujeros de la vida

HN-25 Buscamos, desde el desamparo esencial que llevamos dentro

HN-24 Mirar a lo alto, se hace siempre esperanzado y desde abajo

Lecciones anteriores:

HN-23 El cristianismo avanza a medida que se desprende, se vacía, de..HN-22 Tienes a Dios cuando lo sientes, pero más aún en tus vacíosHN-21 Dios-Amor, es el verdadero corazón de las cosasHN-20 Amar a los demás, es nuestra forma de experimentar a DiosHN-19 El secreto del amor y el gozo, está en el corazón del hombreHN-18 Se salvan todos los que quieren, pero hay peligro de extravíoHN-17 Los Mandamientos, abren el camino hacia el cristianismoHN-16 Cuando el hombre ama se genera gozo, porque se manifiesta DiosHN-15 La salvación es un tema de amor- de fiesta, alegría y gozoHN-14 Cuanto más me lleno de Cristo, más persona soyHN-13 El que distingue entre lo laico y lo sagrado, no es cristianoHN-12 La Creación es salvada, dentro de mí, por el AmorHN-11 Dios crea para encarnarse, y se encarna para salvar todoHN-10 El Cristianismo, siempre fue y será novedadHN-09 En la vida me toca construirme, recrearme, desde mí mismoHN-08 Renueva tu pensamiento, fruto de tu actitud de conversiónHN-07 Sé fiel a tu tiempo, pero siempre con ternura en el corazónHN-06 Quien no tiene ternura, carece de olfato para sentir a DiosHN-05 Queremos caminar hacia nuestra síntesis totalHN-04 El Hombre, va viniendo a través del hombreHN-03 Somos el niño, el hijo, de todos los que nos antecedieronHN-02 Me pueden quitar todo, menos mi libertad interiorHN-01 Introducción al curso -El Hombre Nuevo;

MIRAR  A  LO  ALTO,  SE  HACE  SIEMPRE ESPERANZADO Y “DESDE  ABAJO”  (HN-24)

            Continuamos con la kénosis; para seguir reflexionando sobre la grandeza del Dios doliente que, encarnado y “abajado” en “los agujeros profundos de la miseria humana”, es la base de nuestra esperanza. Para ello vamos a citar textos de Ernst Bloch, en su libro “El Principio Esperanza”, donde nos dice que la esperanza es el principio de todo. Bloch, comunista convencido que no pertenecía a ningún partido, nos dice en este libro que todo lo que pertenece a la historia humana, todo lo que es invención humana –como la rueda, el vino…– o cualquier forma de cultura, todo eso tiene un principio elemental y fundamental: la esperanza. Nos dice que los hombres avanzan –y hasta se inmolan para avanzar– gracias a la esperanza que les impulsa desde dentro. Que la esperanza es el móvil de toda acción humana, y que si tú no esperases… no harías acción alguna; e incluso, que si no tuvieras alguna esperanza querrías morirte. Evidentemente cuando a un hombre se le mata la esperanza, se le encierra o ata para siempre; y este hombre lo que quiere entonces es morirse pronto o matarse. Y es en el libro citado, donde Bloch  –judío, pero no creyente según dice él equivocadamente– escribió y subrayó: “Se reza a un niño recién nacido en un establo, y…” ¿Lo van reconociendo? O sea, nos está diciendo –y nos lo dice un judío comunista e incrédulo– que no se puede rezar a un Dios más cercano y abajado que cuando rezamos a… Sigamos, para ver por dónde capta él este sentido. Al principio se le nota el comunismo, pero es ese mismo comunismo el que le hace decir mucho más de lo que pretendía decir; y además se le nota que es alemán. Su frase completa es: “Se reza a un niño recién nacido en un establo, y no cabe una mirada a las alturas hecha más de cerca”.  Si tú quieres mirar a las alturas, no cabe una mirada hacia ellas más cercana que orando a un niño en un establo ¡Qué bien dicho y qué maravilla! Si yo me montara en un avión y viajara cuatro millones de años hacia arriba seguiría mirando desde lejos las alturas, ¿verdad? En cambio, nunca hay una mirada a las alturas hecha desde tan cerca de ellas como cuando le rezas a un niño en un establo. Bien entendido que aquí hay dos kénosis, dos abajamientos: ser un niño recién nacido y estar este en un establo; pues un niño al que se ora, podría haber estado en una cuna de oro y bien cuidado en un palacio real. Ser bebé y permanecer en un establo, son dos desnudeces tremendas. No cabe mirada a las alturas (a Dios) hecha más de cerca, que la que hacemos “desde abajo”; que la que hacemos en nuestra casa natural de hombres mortales; porque en cada casa humana está Dios derramándose.

Queda claro que desde un palacio no miras a Dios tan de cerca como desde un establo. Queda claro que, desde una teología olímpica y gloriosa no ves a Dios tan de cerca como desde un balbuceo. ¿Se acuerdan de San Juan de la Cruz en:… un no sé qué, que te deja balbuciendo? Esta es la forma de mirar a Dios de cerca: desde la pequeñez balbuceante del asombro, desde el niño pequeñón, “desde abajo”.

Bloch, que tiene páginas horribles, en lo que estamos analizando no solo es magistral sino también profeta. Fíjense lo que dice ahora: …“no cabe una mirada a Dios más de cerca, más desde abajo, más desde casa; y por eso es verdadero lo del pesebre”.  O sea que, lo del pesebre es verdadero porque uno no se puede inventar un origen tan humilde para un fundador de algo tan importante.

Esto es lo mismo que ya conocemos de San Lucas –un convertido griego que no conoció a Jesús–, pues cuando escribió el Evangelio se dio cuenta de la gloria que envolvía a Cristo en las primeras comunidades: como Cristo resucitado, como Pantocrátor, como Señor Jesús que decían ellos. Por eso, Lucas se diría a sí mismo: toda esta gloria debió empezar como un terremoto colosal, y por tanto iré por la infancia de Jesús a ver qué descubro. Pero con hondo pesar sólo descubrió un pesebre y un niño, y no lo ocultó. Bien le hubiera gustado poder decirles a los griegos que Jesús había nacido en un terremoto, pero  tuvo que decir la verdad; y Bloch, que lo sabe, nos dice que lo del pesebre es verdadero. O sea, el pesebre es real, el origen de Jesús es una kénosis y al final Cristo nos salvó. Porque el final de Jesús también es otra monumental kénosis (como fracaso de su mensaje y de su vida en la Cruz), pero justo ahí nos salvó.

Continuando con la argumentación de Bloch, por la que entiende como cierta la presentación de Jesús rodeado de marginados y pecadores, dice: “Las sagas –leyendas– no pintan cuadros de miseria y menos aún los mantienen durante toda una vida (el pesebre, el hijo de un carpintero, el visionario que se mueve entre gente baja y, al final, el patíbulo). Todo esto está ciertamente hecho de material histórico inconfundible, y no con material dorado tan querido por las leyendas”. Bloch ha intuido la grandeza de Dios en el agujero de lo humilde, en la pequeñez y el vaciamiento. Éste es el camino: a Dios se llega por la experiencia, y no por la elucubración que solo ayuda. Experiencia que, si es como toca, producirá constantemente despojos propios; según vayamos desnudándonos de ataduras y haciéndonos pequeñones.

 

BUSCAMOS,  DESDE EL DESAMPARO ESENCIAL QUE LLEVAMOS DENTRO   (HN-25)

¿Qué significado tiene para Jesús, su referencia al niño? ¿Cuál es la clave de lo que quiere decir, cuando habla de “ser niño” como condición indispensable para entrar en el Reino?  Pues Franz Alt, en su libro “Jesús el primer hombre nuevo”, nos dice lo siguiente: “Lo que caracteriza al niño es la angustia ancestral de verse abandonado”. Y posiblemente ésta sea la definición nuclear: lo que define al niño y al hombre es la primordial angustia, la angustia fundamental, de verse abandonado.      

Por eso el hombre según va haciéndose mayor tiende a crear en torno de sí una cáscara artificial, una costra exterior, con la que sentirse seguro; y esto a base de las seguridades que le dan su cultura, su oficio, su dinero, su poder…  Y esto, no solo con las seguridades ya conseguidas sino también con las que aún le quedan por tener. Pero, precisamente por aquí es por donde el hombre no solo es viejo sino que está equivocado; y lo está porque estas seguridades no son realmente seguras. No debemos olvidar que el hombre que se sintiese totalmente seguro, el que no experimentase desamparo alguno en su caminar, sería un hombre deshumanizado; porque lo más básico y humano del hombre es el terror primordial al desamparo. Pero, aunque debajo y en el fundamento del hombre –en el núcleo vital del hombre– esté siempre la angustia y el terror de verse abandonado, no olvidemos que todo hombre lleva dentro un niño y que Cristo dice: “de los niños es el Reino de los Cielos”. Por tanto vamos a seguir esta línea del niño, que nos conducirá a kénosis de situaciones personales y culturales; y no solo a lo largo de la vida, sino también en momentos previos a la muerte. Está claro que podemos ir por la vida diciendo –algo que también podemos aplicar a la teología gloriosa–: me ha costado demasiado esfuerzo conseguir las seguridades que ahora me sostienen,  hogar, amigos, cultura… y religión (pudiendo llegar a ser las de ésta autoprotección las más fuertes de todas), ¡para que ahora venga alguien a decirme que debo desprenderme de todas estas seguridades ganadas con mi esfuerzo! Pero, lo que realmente debemos recordar es: desde Jesús, desde el primer hombre nuevo global, todas las seguridades en que nos hemos ido apoyando los hombres han resultado inseguras (no han conseguido plenamente su fin tranquilizador); pues siempre se ha mantenido la propia inseguridad básica. Y esto resulta una paradoja, pues nadie confiaba en que esta inseguridad acabaría siendo lo único perdurable. Por tanto, si percibiésemos la línea gloriosa del  “yo soy creado/soy redimido/y soy salvado” como una línea continua de meras seguridades, sin más, estaríamos viendo algo que no es real; pues esa percepción, como conjunto irreal-utópico, no sería realmente humana. Lo real es la mezcla de seguridad e inseguridad: o sea, una inseguridad fundamental –esencial– arropada por otras seguridades externas provisionales. Mezcla real esta que, no nos priva de experimentar angustias transitorias (por las muchas cosas que se hunden) y a la vez nos hace caminar. Y esto es precisamente lo propio del niño: tiene que fiarse del exterior, para superar sus propias experiencias de inseguridad y angustia. Con esto Franz Alt ha dado con la clave de lo que Cristo quiere decir, cuando habla del niño como paso indispensable para entrar en el Reino. Lo que hace que la Creación siga su camino –su búsqueda creativa– es el desamparo esencial que lleva y siente dentro. Lo creado percibe –y nosotros también– que, además de ser imposible el amparo de uno mismo en solitario, es justo este desamparo el que nos interpela esencialmente hacia nuevos futuros comunitarios: que seguirán interpelándonos hacia el infinito, al sentir que siempre se quedan en un “sí, pero todavía no…”. En resumen, percibimos un rechazo a la Creación estática y sin esfuerzos creativos de búsqueda de futuro. Por eso toda seguridad en la Creación, sin más, es artificial y engañosa. Y lo mismo pasa con la Encarnación; porque esta no se vale por sí misma, sino que termina en el desamparo de la cruz: en la  Kénosis que conduce a la Salvación. La teología moderna, traduce lo anterior diciendo que: la Creación es dinámica en sí misma pues crece con la Encarnación; y que (según dice San Pablo) por dónde crece la Creación (como dinamismo de la llegada de Dios encarnándose), por donde se produce el dinamismo real de la Creación, es por el sufrimiento: por el esfuerzo y el dolor de parto de la propia Creación. Es como el sufrimiento del feto en su despedida de la madre: feto que siente –en su parto– tanto el constreñimiento por “la puerta estrecha” como el desamparo de tener que irse; y todo esto, para poder llegar a conseguir la plenitud de ser algo nuevo. El esfuerzo y el dolor, del parto de la Creación, no acaban en sí mismos: dan a luz la Encarnación y esta, al terminar en la cruz, a la Salvación. De forma que, cuando la Encarnación aparece por los caminos de la Creación, lo hace siempre a través del desamparo y la angustia de sus pequeños: de “un niño en un establo”, como dice Bloch.  Entonces, una vez que estamos en el parto de los caminos de la vida, aparece otra vez el nuevo peligro de una nueva seguridad: la tentación de querer hacer de la Encarnación una religión. Si bien, es la misma Encarnación la que puede avisarnos: tampoco   busquéis seguridades en mí porque, después de haber nacido niño y en un establo, terminaré hombre y en una Cruz; terminaré en el desamparo total. Moltmann es magistral en esto, y tiene unas páginas increíbles sobre la muerte de Cristo: Humanamente hablando todo termina en Cristo clavado en la Cruz, porque los hombres se ríen de él y hasta parece que Dios lo ha abandonado. Pero Cristo, que no cayó en la trampa de escapar de la condición humana –cuando le tientan las autoridades y le dicen que demuestre ser Dios bajando de la cruz–, sí asumió este desamparo radical. Pues no sólo aceptó el fracaso de una doctrina (comprometida y en entredicho), sino el fracaso como persona; aceptando que quienes le rechazaban –escribas, fariseos, curas y religiosos…– parecieran tener razón. Y en ese mismo desamparo incluyó a las personas a las que había curado: pues en la Cruz no aparece ninguno de los leprosos, cojos, ciegos… con los que Jesús hizo milagros; ninguno está allí testimoniando en su favor. ¡No apareció nadie! Sólo su madre y algunas mujeres estaban allí. Y junto al abandono humano, también asumió el abandono religioso; pues, los seguidores de su doctrina y su persona desaparecen. Es tan espantoso el agujero, el vacío angustioso de Cristo, que llegado el momento supremo de la muerte no se le ocurre más que recitar el salmo 21: “¡Dios mío por qué me has dejado!” Este es el vacío terrible, esta es la kénosis tremenda, este es el desamparo y el abandono total que siente Jesús; este es el desamparo del niño más niño y más abandonado de todos: así muere el hombre que ha cambiado la historia. Y ahora nos debemos preguntar: ¿es que somos cristianos por las maravillas que hizo Cristo, o por la muerte de Cristo? La respuesta es clara: en la muerte de Cristo, en aquel momento en que todo parece terminar, es cuando empieza todo. Es justamente ahí, en esa experiencia de abandono y de niñez, donde Jesús alcanza la madurez máxima de Hombre. La madurez total de Jesús y la madurez total de nuestra religación con Dios, se produce por experiencias de niño de establo (experiencias navideñas de partos interiores) y de niño abandonado en la cruz (experiencias de ser todavía más niño en la muerte). Ahora debemos recordar dos cosas: que Jesús es el Hijo de Dios, pues no es un creyente en Dios sino un hombre que tiene por esencia –por cogollo– a Dios mismo; y, además, que las experiencias finales de abandono y tristeza religiosa son las mismas que experimentó Jesús durante su vida.  Por ejemplo, cuando los discípulos le preguntan: “¿Es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?” (Hech. 1, 6 y Lc. 24, 21) “¡Sois duros de cerviz!”, les respondió Jesús. O cuando su madre y sus hermanos lo quieren recoger, porque creen que se ha vuelto loco al estar predicando contra la religión (Mc. 3, 21). Y no debemos olvidar, que son todas estas experiencias las que hacen seguir adelante a Jesús en su camino de madurez.  Y al final, Jesús experimenta el dolor y el sufrimiento total; que no es esa experiencia parcial por la que pasamos todos en determinados momentos de nuestra vida, sino ese particular momento de la muerte en que todo converge hacia un pozo profundo donde ya no hay referencia alguna: donde ni siquiera está el consuelo de decir, que aunque los hombres me han abandonado al menos Dios está conmigo. Pues el Padre hasta hizo sentir a Jesús como si todo y todos lo abandonasen: como si en ese momento ni los hombres, ni la doctrina, ni el esplendor de su vida, ni los milagros, ni visiblemente Dios, acudiesen en su ayuda. Pero, precisamente es en ese momento cuando se consuma la Salvación del hombre: cuando de la Encarnación se pasa a la Salvación, mediante esta kénosis total; de la misma forma que se pasó previamente, de la Creación a la Encarnación, por la kénosis del niño indefenso y abandonado.

La Encarnación entronca con la Creación por la infancia (por un niño disponible, en un pesebre o cueva), y la Salvación entronca con la Encarnación por los sufrimientos de Jesús: por un sufrimiento donde la esperanza no es posible. Esto lo llama San Pablo “esperar contra toda esperanza”. Sólo cuando humanamente no puedes esperar nada, es cuando nace la verdadera esperanza; pues entonces es cuando se puede esperar todo desde la kénosis total. El hombre no lo sabe, pero bastaría con sacar ahora nuestra propia vida y colocarla sobre los referenciales de vida de Cristo, para volver otra vez al temor infantil del nacer de nuevo. A través de la Creación caminamos siempre hacia Dios, y lo hacemos tanto por nuestros aciertos como cuando nos toca circular por nuestros “agujeros”; siendo estos los que más nos acercan a Dios, porque éste no nos abandona aunque sintamos el vacío. Si entendemos esto así, como cristianos, no hay por qué alarmarnos: porque cuando parece que Dios nos ha abandonado, es cuando estamos a punto de resucitar. Y como esto nos sucede en la vida miles de veces, es entonces cuando –al experimentar desamparos de infancia, invalidez y mendicidad humana– conseguimos ir dando pasos adelante; hasta que nos llegue el momento de la muerte. Momento, sin ninguna referencia y el de mayor abandono, para el que los dolores de la vida han sido solamente un ensayo. En ese momento de la muerte, donde sientes el vacío y buscas a Dios, puedes llegar a pensar: ¿Y si no existiera Dios? En ese momento, angustiado y totalmente desvalido, es cuando serás más niño. ¡Aleluya!, pues “de éstos es el Reino de los Cielos”.

 

NOS  VAMOS  LLENANDO DE CRISTO (DIOS QUE NACE Y SUFRE EN EL HOMBRE),  SEGÚN  BUSCAMOS  NUESTRA  META  POR LOS  “VACÍOS”  DE  LA  VIDA    (HN-26)

El cristianismo ha sido muchas veces triunfalista, y se ha perdido casi siempre por ahí; por no haber seguido el mensaje humilde que tiene Jesús al respecto. Mensaje este fundametal, que no solo se contrapone al triunfalismo sino que lo equilibra; y lo hace con esta inmensa verdad que predica San Pablo: Cuando Dios quiere hacer maravillas, se vale de las cosas más tiradas –menos triunfalistas– de la humanidad.  Dios, para hacer milagros, no necesita soportes humanos de ninguna clase especial o exitosa; pues le basta con la disponibilidad humana. Y el símbolo de la disponibilidad humana es el niño; al que cualquier mano se lo lleva, porque el niño se fía de cualquier mano que le tiendan. Y como es confiado, porque es desvalido, al sentir el horror de su invalidez siempre trata de compensarlo depositando su confianza en lo primero brillante que se le ofrezca. Así es el hombre/niño. Y Jesús cuando decía que debemos hacer como hacen los niños, se refería a esta disponibilidad del hombre para abandonarse en manos de Dios.  Es verdad que somos niños cuando nacemos, pero no basta con esto; hay que seguir haciéndonos cada vez más niños –hay que convertirnos cada vez en más disponibles– y así durante toda nuestra vida; hasta llegar al abandono total/final en manos de Dios. Y este esfuerzo humano de parto, para que la Humanidad llegue a ser Niño-Cristo (como tarea conjunta y durante todo nuestro largo caminar hacia el infinito), se hace precisamente a través de “nuestros agujeros de la vida”. Por ejemplo: si pusiste toda tu confianza en tu madre, en tu matrimonio, en tu fortuna… y desaparecen; esto abre agujeros en tu vida y tienes que seguir tu camino con estos vacíos dentro. Entonces, desde estas angustias y si eres cristiano, puedes pensar lo siguiente: esto, como mínimo, es un aviso providencial de que aquello en lo que puse toda mi confianza no era realmente una meta definitiva. Sigamos traduciendo, bien, el “hacernos como niños”: ser niño es la definición de la condición humana, pero esta definición hay que alcanzarla.  El hombre es un salvado por definición, pero tiene que alcanzar la salvación a través de dos etapas/kénosis de niño: la de “niño en pesebre” (esforzando su  conversión interior, para poder ofrecer posteriormente a los demás sus propios frutos desde su propia niñez), y la de “niño en la cruz” (con experiencias de disponibilidad y aceptación de sufrimientos/vacíos propios, que también dan sus frutos en cada circunstancia-cruz).  Según esto, la línea recta gloriosa  –la de triunfos, éxitos y seguridades– no permite entrar en el Reino de los Cielos; porque, el Reino de los Cielos es para los que asumen la inseguridad del hombre y se apoyan sólo en Dios. Esta es la grandeza del hombre: que asume su inseguridad sin tratar de cubrirse con falsas seguridades, y que no quedará satisfecho hasta que encuentre a Dios –a la totalidad–. Imaginemos que un día nos empapelásemos con dinero, para estar seguros; nos estaríamos engañando a nosotros mismos. Pero no porque pueda llegar un día en que nos falle el dinero –que esto no pasa de ser una cuestión del azar de la historia–, sino porque nos estaremos equivocando desde la ontología humana que nos afirma: el ser humano es un ser desvalido, totalmente necesitado, que no puede encontrar en la tierra cobijo para todo su ser. El ser del hombre es más grande que todas las cabañas de la tierra, y no hay aquí lugar de reposo seguro para él; por eso no hay lugar capaz de liberar al hombre de su inquietud por buscar, y por tanto su vocación está más allá de todos los euros que pueda acumular. Recordemos otro logion de Cristo: “¿De qué le vale al hombre ganar la bola del mundo entero, si compromete su ser?”. Por eso aún suponiendo que un día fuera el hombre dueño absoluto del mundo (sin tener rivales), aún así no estaría a cobijo de su inseguridad; porque el mundo no es tan grande como para satisfacer su necesidad infinita de ser. Y si llegara a creer que la puede satisfacer así, en ese momento estaría declarando su pequeñez. Por contra, el hombre estaría declarando su propia grandeza si dijera: ¡pues sí, soy lo más evolucionado del mundo pero sé que esto no me basta! Y tampoco me bastaría aunque me diesen varios mundos con todas sus galaxias, porque yo necesito el infinito; que es lo que me define: Mi definición de hombre es no parar de caminar hacia el infinito: desde mi invalidez de niño, desde la presencia parcial de Dios encarnado en mí, hacia la totalidad de Dios.   

Continuemos avanzando por la presencia de Dios en la invalidez del hombre-niño, y para ello volvamos al texto de Mateo-18 (donde alude a los ángeles como referencia semántica) que dice así: “los ángeles de estos niños están viendo el rostro de Dios…”   [Aquí Jesús no está haciendo teología de los ángeles. No trata de justificar su existencia, ni su naturaleza, sino que alude a ciertas manifestaciones de Dios que entonces entendían todos. Manifestación de Dios en forma de salud, al citar a San Rafael; de poder, al hacer referencia a San Miguel; de palabra y anuncio del mensajero, con San Gabriel, etc.]

Recordemos que los ángeles nacieron de la cultura mesopotámica, cercana al pueblo de Israel, de donde Mateo toma muchos elementos mitológicos como destellos de Dios.  En este caso toma “niños en vuelo que están envueltos en un halo”, a los que llama ángeles; o sea, “la invalidez envuelta en  presencia de Dios”. Y cuando la invalidez es absoluta (cuando se derrumba todo, como en la cruz de Cristo donde sólo cabe la esperanza contra toda esperanza), entonces la presencia de Dios es absoluta; como envuelta absoluta de la invalidez total: como envuelta del agujero y del vacío total del Niño-Cristo en la cruz.  O sea que, allí mismo, en el mayor fracaso de la historia (en la muerte del Dios-con-nosotros), nace el mayor éxito de la historia: en Cristo resucitado nace la salvación de la Creación y del Hombre.

Tratemos de avanzar, ahora, por “la presencia de Dios en la invalidez humana del caminar de Jesús”. La encíclica Redemptoris Mater, del Papa Juan Pablo II, recoge textos de teología actual que hacen ver cómo Jesús, en cuanto hombre, no lo sabía todo; pues según caminaba, Jesús iba aprendiendo de Dios: Jesús aprende (en cuanto hombre sometido a la historia como todos nosotros), al caminar por la encarnación de Dios; aprende caminando por la historia que es maestra de la vida, como dice Cicerón. Esto es lo mismo que ya se ha dicho para un piñón: si lo siembras en la historia y esperas unos 70 años, podrás ver un asombroso ejemplar y los miles de kilos de su madurez de pino; pero si no lo siembras no verás más que un piñón, y no podrás decir: ¡quién iba a imaginarse que en un piñón había todo eso!

¡Hay que aprender sembrados en la historia! Como un niño: que si lo congelas siempre será promesa pero si le das tiempo… Lo mismo pasa en la Creación: las montañas, los ríos… los animales y el hombre,  a fuerza de caminar (de vivir la encarnación y de sufrir el fracaso de la desaparición), aprenden lo que significa estar salvados. San Lucas dice, de forma magistral, que “Jesús crecía en sabiduría…”. Y parece, que muchos cristianos no saben esto todavía: ¡Jesús no lo sabía todo, pero Dios en Jesús sí! “Jesús-Cristo crecía en sabiduría y en edad”: esto es revelación, y hay que decirlo así porque alguien cree que Cristo nació con 40 años y sabio. No, no… Cristo nació haciéndose pis (dice San Cirilo). J. Pablo II retoma esta idea y dice que: el hombre Jesús iba aprendiendo a través de la vida, lo que Dios quería de él. Y así como por la razón aprendía las cosas razonables  –y cuando tenía 12 años sabía más que a los 4, y cuando tenía 30 era más inteligente como hombre que a los 25–, así en las cosas decisivas, lo que Cristo como hombre no sabía se lo decían las debilidades de la vida. Aquí es donde el Papa dice más de lo que se podía esperar. Pues, ¿cuáles son las debilidades de la vida?: son las que provienen de nuestra parte sentimental, que es la que más nos compromete; porque la razón compromete menos, al ser más poderosa. Este es el tema del compromiso afectivo: Si te comprometes con alguien afectivamente, amistosamente, amorosamente, quedas totalmente vencido y en sus manos; y por tanto estás perdido.

Cristo se comprometió tan tiernamente con la realidad humana –dice el Papa– que así como su inteligencia iba evolucionando y la historia le iba diciendo lo que debía hacer o decir, las grandes decisiones nunca le fueron reveladas por la razón sino por el sentimiento; por el amor. ¿Y en qué consiste el sentimiento?  El sentimiento es la vibración de la parte femenina del ser humano, tanto en  las mujeres como en los hombres; si bien lo femenino está más desarrollado en las mujeres, y por tanto estas  son capaces de mayores compromisos afectivos.

Cristo amó a las mujeres como a todo el mundo –y esto lo dijo el Papa–, pero fueron ellas las que, aun sin saberlo, le fueron descubriendo ese camino de la voluntad de Dios. El Papa cita varios casos, que dejaremos para el resumen próximo.

            A la vista de todo lo anterior, se puede matizar lo siguiente:

*Lo invalido, lo infantil –el niño–, está en el cogollo del hombre y es la definición de éste; si bien debemos esforzarnos para ir logrando, personalmente y en su totalidad, esta definición.

*La invalidez humana es lugar de salvación, pero sabiendo que hay que pasar sucesivamente por dos etapas: la invalidez-salvación de “niño/pesebre”, y la de “niño/cruz”.

*La historia humana no solo crece por ser una línea continua y gloriosa, sino fundamentalmente por sus “agujeros”; y es por estos por donde aparece el sentido de cada contratiempo que nos toca. Sentido que se puede traducir así: yo no conozco los porqués de este sufrimiento, pero sí sé –porque lo siento como cristiano– que por él se está incubando (en mí y ahora mismo) una vida nueva; que algo nuevo me está naciendo por dentro. En cambio no podremos sentir esa misma certeza cuando lo que nos rodee sean éxitos, cuando todo nos vaya bien y nos movamos por la superficie. Dios crece en nosotros en la medida que sentimos nuestra  invalidez, lo que no podremos sentir cuando estemos muy seguros. Una situación de catacumba  –en minoría y con dificultades–,  es la definición del cristiano con máximas esperanzas.

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