En la última semana de octubre tuvimos la suerte de participar aquí, en Arantzazu, en un retiro espiritual con el Arzobispo franciscano de Tánger (Marruecos), Mons. Fr. Santiago Agrelo. No muy alto de estatura es, sin embargo, largo en ver en profundidad el dolor de los pobres y especialmente de los pobres emigrantes que quieren pasar la valla de Africa hacia Europa. De porte sencillo, agradable en el trato, se le ve muy preparado; a ratos, es verdad,  es una mezcla de saber y de fina y graciosa ironía gallega. Conocido en la prensa por la defensa sin tregua de los derechos de los pobres y como altavoz de los “sin voz”, hemos charlado un rato con él.

 

RA: Denos unos datos biográficos para que le vayamos conociendo un poco.

Mons. Agrelo (MA). En la Galicia rural se nace en una parroquia, unidad territorial eclesiástica que suele incluir un cierto número de aldeas, que tienen nombre, pero no son pueblo. Nací en la parroquia Santa María de Asados, ayuntamiento de Rianxo, provincia de Coruña. Creo que nadie me incluiría en un elenco de teólogos, pero el título de Doctor en Teología con especialización en Liturgia me lo han dado en el Pontificio Ateneo San Anselmo de Roma. Y ese título definió de alguna manera mi camino en la vida, pues estuvo dedicada a la enseñanza de la Teología Litúrgica, primero en el Pontificio Ateneo San Antonio de Roma, y después en el Instituto Teológico Compostelano.

 

RA: Usted es arzobispo de Tánger, una diócesis pequeña,  especial. Díganos algo sobre ella.

MA: ¡Y tan especial! Un territorio grande, más o menos como Galicia; y un pequeño número de fieles, unos 2.500, distribuidos en ese territorio. Uno diría que perdidos en ese territorio; y, sin embargo, no lo están, pues –y ésa es otra nota especial- se les ve y no porque hagan bulto, se les oye y no porque hagan ruido, sino porque su presencia incide de manera muy significativa en la vida de la sociedad marroquí. Y añadiría otra singularidad: todos en esta Iglesia somos extranjeros, la mayor parte de nosotros gentes de paso: la ley no contempla la posibilidad de que se pueda ser marroquí y cristiano.

 

RA: ¿Qué tal se da eso de ser franciscano y obispo? ¿Son compatibles? Tenemos entendido, no sé si es así, que San Francisco no quería que sus hermanos fueran obispos…

MA: Supongo que en la mente de San Francisco, como en la de cualquier hermano menor, la eventualidad de ser obispo no entra en el proyecto vocacional. Con todo, no creo que la llamada de la Iglesia para que un hermano preste ese servicio a la comunidad haya de ser considerada como extraña a ningún proyecto vocacional, tampoco al de un fraile menor. No sé si es muy compatible eso de que un franciscano sea obispo; espero que resulte compatible y deseable que un obispo sea franciscano.

 

RA: ¿Cómo es su “día a día”? ¿A qué se dedica?

MA: Si el cuerpo no protesta demasiado, me levanto a las 4:00. Dedico cerca de una hora al aseo personal y a dejar en orden la habitación. La hora siguiente es tiempo reservado a la oración personal. A las 6:30 salgo de casa para celebrar la eucaristía con la comunidad de religiosas que gestionan el Hospital Italiano de Tánger. A las 7:20 me reúno con la comunidad franciscana para el rezo de Laudes. Y, a partir de ahí, el trabajo de cada día, que es el de recibir a quienes quieren hablar con el obispo, atender a lo que me piden las comunidades religiosas, colaborar en los proyectos de la diócesis, escribir para mantener vivo el espíritu y fuerte la caridad en los hijos de esta Iglesia.

 

RA: Por su porte, por sus acentos, por su implicación con la emigración en la “valla”, por sus denuncias… usted parece un obispo “especial”, no “al uso”

MA: Creo que cualquier otro, en esta Iglesia de Tánger, haría lo mismo que yo y seguramente lo haría mejor. Y sospecho también que, en otra Iglesia, yo sería considerado un obispo “al uso” y nada especial. En lo que soy, si se considera la formación que he recibido –deuda con mis hermanos franciscanos-, la gracia de Dios –deuda impagable con el Espíritu del Señor y su santa operación-, y la singularidad de la Iglesia que me ha sido confiada, con sus institutos religiosos y sus pobres, se ve que precisamente eso es lo especial y no yo. Y sólo porque eso ha sido y es así, mi vida se ha ido llenando de “acentos”, y he de hablar de vallas y de emigrantes, y me encuentro luchando por dar voz a un mundo de sufrimientos silenciosos.

 

RA: Usted se ha distinguido por la defensa a ultranza de los derechos de los inmigrantes, llegando alguna vez a enfrentarse a las autoridades civiles. ¿Por qué?

MA: Porque la política, si no sirve para ofrecer una esperanza de justicia a los pobres, se vuelve instrumento del poder que los oprime. No me enfrento a las autoridades: trato de salvarlas. También quienes ejercen el poder en la sociedad serían más dichosos, eso es, serían más felices, si pudiesen sentir el gozo de haber hecho saborear un poco de justicia a quienes andan hambrientos de ella.

 

RA: ¿Cómo es ese inmigrante que lo deja todo, arriesga su vida y quiere llegar a Europa a toda costa? ¿Qué busca? Y ¿por qué?

MA: Son jóvenes. Tal vez si ellos nos dijesen de qué huyen, podríamos empezar a intuir qué es lo que buscan. Nunca les he preguntado por esas cosas. Supongo que cada uno tiene su infierno particular, y según sea el infierno del que se huye, será el cielo que cada uno imagina poder alcanzar. Lo que veo es lo que arriesgan, lo que sufren, a lo que se exponen. Veo también la firmeza con que lo hacen. Y todo ello me obliga a pensar que su infierno nada tiene de retórico, que se trata de algo más temible que la muerte, algo que hace asumibles sufrimientos innumerables, enfermedades de todo tipo, heridas y mutilaciones.

 

RA: Parece que bastantes de los inmigrantes pasan días y semanas enteras en los montes esperando el momento adecuado para pasar la “valla”. ¿Cómo es eso? ¿Cómo viven? ¿Qué hacen?

MA: Pueden pasar años a la espera de una oportunidad. Nunca he bajado a un campamento de emigrantes. Sé que se agrupan por nacionalidades. Sé que utilizan plástico para levantar lo que ellos llaman el “búnker” –una tienda en la que protegerse de la intemperie-. No sé ni puedo imaginar cómo llegan a sobreponerse al frío de las noches en el monte, pues, aunque les llevemos mantas a decenas, nunca alcanzaremos a cubrir tanta necesidad. Tampoco soy capaz de imaginar cómo mantienen día a día un mínimo de higiene corporal.

Tengo entendido que entre ellos se organizan para mantener un cierto ordenamiento social en el campamento, que están distribuidas las tareas, que tienen sus líderes, que planifican cuidadosamente los intentos de paso a través de las vallas fronterizas.

De ese mundo lleno de humanidad y de sufrimiento la fe no deja fuera a Dios. Dios es de casa en estos caminos. Esta mañana, guardia civil y policía investigaban cómo había sido posible que más de 200 emigrantes hubiesen eludido el control de la electrónica en las vallas de Ceuta y atravesado la frontera. Si preguntasen a un emigrante, éste posiblemente les diría –a mí me lo han dicho- que ha sido Dios. ¡Y lo dicen así porque lo sienten así!

 

RA: Al mismo tiempo los Estados se defienden de tanta inmigración con leyes que impiden su paso por las fronteras. ¿Qué le parece?

MA: Los Estados no se defienden de la inmigración –los emigrantes no son un peligro del que haya que defenderse, son una posibilidad de desarrollo y de bienestar-.  Lo que hacen los Estados es defender privilegios de quienes tienen mucho más de lo necesario, privando de derechos fundamentales a quienes tienen mucho menos de lo indispensable. Es un hecho: un niño norteamericano consume 50 veces más que un niño africano. Los Estados no se defienden del niño que tiene poco o nada: defienden los privilegios del niño que tiene mucho más de lo que conviene.

 

RA: Hay en la actualidad millones de desplazados, inmigrantes… personas que lo dejan todo, arriesgan sus vidas, en condiciones infrahumanas… ¿Qué solución tiene todo esto?

MA: Es obvio que no se puede hablar de soluciones para un problema mientras no se señalen con claridad las causas que lo generan.  Y todo parece indicar que, quienes nos oponemos con tantas razones a la acogida de esa humanidad desplazada de sus países de origen, somos en realidad los que causamos esos desplazamientos masivos.

Simplificando, pero sin alejarnos de la realidad, podemos decir que, en el origen de millones de desplazamientos están guerras que nosotros hemos provocado o subvencionado o alimentado, si no se ha de confesar que hemos participado directamente en ellas –cuando digo nosotros, digo los países de la Unión Europea o del ámbito de influencia de la Alianza militar del Atlántico Norte-, o que estamos todavía participando en ellas. El hecho es que se nos encuentra en muchos de los escenarios en que la gente muere y nosotros matamos: Siria, Libia, Irak…

 

RA: Entonces, en cierta medida nosotros somos los responsables de tantos desplazados…

  1. ¡Sin duda! Y eso se puede evitar. Sólo que nos daremos mil razones para no evitarlo, mil justificaciones para esa violencia que crea desplazados, millones de desplazados a los que luego fingimos no conocer de nada, como si no fuésemos cómplices necesarios de quienes los han obligado a desplazarse.

Al asomarse al drama de los emigrantes, un drama que se ha hecho imposible ignorar, se ha de reconocer que tienen más que una razón para echarse a los caminos, e incluso que lo increíble es que, en esos caminos, no haya muchos más desplazados de los que hay. Pero enseguida se añade que no es el caso de recibir a todo el mundo, y que se habrá de buscar el modo para que nadie se vea forzado a salir de su país de origen. Y ese planteamiento, que parece razonable,  en realidad encierra un abuso, pues no dejamos de ser nosotros quienes deciden lo que es bueno o malo para los emigrantes; y peca de ingenuidad, pues se supone que quienes explotamos a los pobres en su país de origen, vamos a dejar de hacerlo por buena voluntad y altruismo.  No habrá soluciones justas mientras no se respete voluntad y derecho de los pobres a emigrar.

 

RA: Guardará, sin duda, mil recuerdos y vivencias de inmigrantes a los que le ha tocado asistir. Cuéntenos alguna que más le haya marcado o dolido especialmente.

MA: Por esos mundos de Dios andará una niña –ahora tendrá sus nueve años-, a la que bautizamos con el nombre de Miracle, porque la extrajeron ‘muerta’ del seno materno, la aparcaron en el paritorio del hospital, atendieron a la madre, que se estaba desangrando, y cuando la enfermera fue a lavar aquel feto para darle sepultura, la criatura dio señales de vida… Carreras, cuidados, incubadora, esperanza… y un milagro. Ganarle una batalla a la muerte es siempre una gran alegría.

Aquella otra niña que bauticé en una vigilia pascual, murió con sus padres mientras intentaban atravesar el Estrecho que separa Tánger de Tarifa. Esta vez la muerte se llevó las esperanzas…

Son muchos los que en Europa todavía no se han enterado de que en sus fronteras se libra una batalla contra la muerte…

 

RA: Alguien dijo que “San Francisco había sido una espina cariñosa dentro de la Iglesia”.  ¿No le parece que también usted resulta una “espina” dentro de la Iglesia?

MA: Si algo llevo metido en el alma desde los días de mi infancia es el amor a la Iglesia, amor que ha asumido la forma concreta que tenía para San Francisco: “Y si tuviera tanta sabiduría como Salomón tuvo, y me encontrara con los pobrecillos sacerdotes de este mundo, no quiero predicar en las parroquias donde habitan si no es conforme a su voluntad. Y a éstos y a todos los demás sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores”.

No, no creo ser una espina para nadie dentro de la Iglesia. Eso no quita que sean no pocos los que no comparten mi modo de entender la vida cristiana. Creo que más de uno me tiene catalogado entre los herejes.

 

RA: No sé si usted comparte, pero da la impresión que hay una separación, casi un abismo entre la Iglesia oficial y nuestra gente. ¿Qué está pasando? ¿Cómo lo lee usted?

MA: Desde hace siglos la predicación se ha deslizado hacia el terreno del adoctrinamiento y del moralismo, y ese terreno es un erial en el que el pueblo de Dios es afligido y no confortado, aburrido y no alimentado. Temo que sean no pocos los que, teniendo en la Iglesia la misión de enseñar, nos mantenemos ajenos a los problemas que afectan al hombre de la calle, a sus preocupaciones, a sus intereses, a su vida… Hemos conseguido que el evangelio parezca un libro extraño, y que la Iglesia haya dejado de ser entendida como un espacio de salvación para el hombre. Nos hemos hecho anacrónicos, y eso significa que nos hemos puesto en camino para quedar también fuera de lugar. Si atendemos a los pobres, ellos nos ubicarán de nuevo en el hoy de la salvación, en la hora propia del evangelio, en el espacio propio del reino de Dios.

 

RA: ¿Qué significa ser católico en Marruecos? Es decir, mantener la fe en una iglesia tan minoritaria frente a un grupo tan poderoso de musulmanes…

MA: Significa lo mismo que en cualquier otro lugar. Puede que aquí nos resulte incluso más fácil mantener bien definida nuestra identidad de discípulos de Jesús de Nazaret, pues la condición de comunidad minoritaria, de grupo sin poder económico ni político ni social, nos deja en situación de pequeñez, de humildad, de servicio, de libertad… esta Iglesia no tiene poder, pero tiene una gran autoridad que le viene precisamente de su entrega constante a la evangelización de los pobres.

 

RA: Hoy se habla mucho de “diálogo interreligioso”. En Marruecos le toca vivirlo. ¿Qué significa en concreto para usted este diálogo?

MA: El único diálogo que considero eficaz, tal vez el único diálogo posible en Marruecos, como en cualquier otro lugar, es el diálogo de la vida: el que se establece entre el herido y el samaritano que se acerca a curarlo, entre el hambriento y el que comparte con él el pan, entre el pobre y quien le lleva la buena noticia que espera.

En ese diálogo no caben disputas ni contiendas ni litigios… Ahí no hay pretensiones de superioridad ideológica o moral… Ahí queda proscrita toda forma de proselitismo. Sólo el amor sabe decir palabras apropiadas para hablar de Dios y hablar del hombre.

 

RA: Viniendo de donde viene y viviendo lo que vive, ¿cómo define usted a un cristiano? ¿Qué significa ser cristiano?

MA: El cristiano es un ungido de Dios para evangelizar a los pobres. Un cristiano es un testigo de que Dios es amor. Un cristiano es una presencia viva de Cristo en el mundo. Un cristiano es un hijo de Dios y se esfuerza cada día por aprender a ser hermano de todos los hombres. Un cristiano es un aprendiz de Cristo.

 

RA: Pronto viene la Navidad. ¿Qué pide usted para la Navidad? ¿Qué les pediría a los Reyes magos?

MA: No puedo imaginar el color de la Navidad en el corazón de un emigrante cristiano. Puedo apenas entrar en el mío y dejar que desde allí vuelen deseos y plegarias: Que a los emigrantes los abrace la paz, que los bese la alegría, que se les haga sitio en la posada… Que llamemos mentira a una Navidad en la que derrochamos en excesos lo que se necesita para ser solidarios. Que llamemos blasfemia a una Navidad que cierra con cuchillas los caminos de los pobres. Que pidamos perdón por besar imágenes del Niño Jesús en las iglesias y despreciar a Cristo Jesús en los que padecen necesidad. Que veamos hoy, para ir en socorro suyo, al que mañana nos ha de juzgar. Que veamos hoy a Cristo en los pobres, pues él es quien mañana nos ha de juzgar.

 

¡Fuerte! ¡Muy fuerte e interpelante! Ahora, terminando la entrevista déjame tutearte, como nos tuteábamos cuando juntos vivíamos en Roma. Gracias por tu persona, Agrelo, gracias por tu testimonio y que el Señor te bendiga en ese servicio tan importante que estás desarrollando en Tánger. Eskerrik asko, Santiago! Te recordaremos desde Arantzazu

 

SUBRAYADOS

  • No sé si es muy compatible eso de que un franciscano sea obispo; espero que resulte compatible y deseable que un obispo sea franciscano.

 

  • Mi vida se ha ido llenando de “acentos”, y he de hablar de vallas y de emigrantes, y me encuentro luchando por dar voz a un mundo de sufrimientos silenciosos.

 

  • La política, si no sirve para ofrecer una esperanza de justicia a los pobres, se vuelve instrumento del poder que los oprime.

 

  • Quienes ejercen el poder en la sociedad serían más dichosos, eso es, serían más felices, si pudiesen sentir el gozo de haber hecho saborear un poco de justicia a quienes andan hambrientos de ella.

 

  • Los emigrantes no son un peligro del que haya que defenderse, son una posibilidad de desarrollo y de bienestar.  

 

  • Lo que hacen los Estados es defender privilegios de quienes tienen mucho más de lo necesario, privando de derechos fundamentales a quienes tienen mucho menos de lo indispensable.

 

  • Es un hecho: un niño norteamericano consume 50 veces más que un niño africano. Los Estados no se defienden del niño que tiene poco o nada: defienden los privilegios del niño que tiene mucho más de lo que conviene.
  • Quienes nos oponemos con tantas razones a la acogida de esa humanidad desplazada de sus países de origen, somos en realidad los que causamos esos desplazamientos masivos.

 

  • Creo que más de uno me tiene catalogado entre los herejes. (¿PORTADA?)

 

  • Que a los emigrantes los abrace la paz, que los bese la alegría, que se les haga sitio en la posada…

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