Isaac Riera Fernández, Doctor en Filosofía y escritor

En medio de las opiniones humanas, tan múltiples y dispares, el sentido común constituye la base fundamental en la visión de la realidad y en el entendimiento entre los hombres. Hay, en efecto, una facultad común, propia del entendimiento humano, que nos capacita para ver y juzgar ciertas realidades de la misma manera, a pesar de las discrepancias en muchísimas otras cosas; así como existe un instinto congénito en las tendencias y sentimientos, existe también un instinto natural en la percepción de la realidad y la verdad, y del que no podemos sustraernos sin caer en la insania mental. Es este instinto el que nos orienta con seguridad en la vida y el que nos proporciona criterios de racionalidad elemental en los juicios que hacemos sobre las cosas y las personas. Porque no todo en la vida es opinable y discutible: ciertas cosas de lo humano son tan claras, como la luz del sol, y tan comunes, como la propia naturaleza que nos iguala a todos. Los principios éticos universales que regulan el comportamiento humano se asientan, justamente, sobre el sentido común, y ese reducto inexpugnable de la razón es el que funciona en la buena gente cuando las extravagancias de la irracionalidad amenazan el fundamento mismo de la sociedad civilizada.

Todo el mundo habla de la crisis humana y ética que está padeciendo nuestra sociedad, ciertamente muy grave, pero no todos caen en la cuenta de que estamos asistiendo a algo mucho más grave todavía: la crisis del sentido común. Porque lo peor no son los comportamientos extraviados, sino el desquiciamiento de la mente a la hora de juzgar y tener criterio sobre las cosas; cuando el pensamiento no funciona como debiera, la corrección moral resulta imposible al no existir un punto de apoyo firme sobre el que construir el bien razonable y razonado. Eso que oímos y decimos muchas veces — el mundo está loco- ya no es una simple frase de exageración coloquial, sino un diagnóstico que se ha de tomar muy en serio; y cuando decimos, con cierta ironía filosófica, que el sentido común es el menos común de los sentidos aludiendo a la facilidad con que los humanos perdemos la cabeza, esta sentencia resulta ser hoy una descripción bastante certera de la realidad social que estamos viviendo. En el espectáculo que nuestro mundo nos depara cada día, lo que más nos desconcierta y nos entristece no son propiamente las locuras de muchos comportamientos, sino la ausencia de sentido común en muchísimas cabezas.

La crisis del sentido común se hace patente, sobre todo, en el ámbito de la moral y la política, es decir, en aquellas cuestiones que afectan a la orientación de la vida. Se suele decir que la vida moderna ha significado el triunfo de la racionalidad en todos los campos, y esto no es enteramente cierto; hay racionalidad, ciertamente, en todas aquellas cosas sometidas al poder de la ciencia y de la técnica, pero no se puede decir lo mismo de las cosas y problemas de carácter humano; en este ámbito, estamos hoy en claro retroceso respecto al pasado. Cuando vemos el desbarajuste de ideas y de opiniones del que se hacen portavoces los medios de comunicación, donde el disparate tiene hegemonía, uno tiene que ir a recobrar el sentido común, no en los grandes foros de la opinión pública, sino en la gente mayor, cuyo pensamiento natural no ha sido contaminado por la gran peste del subjetivismo y del relativismo que ha invadido nuestra cultura. Las cosas ya no son lo que son —ni el blanco es blanco, ni el negro es negro—, sino lo que quieran que sean los que tienen el oficio de manipular las mentes buscando oscuros intereses. Y este es el resultado: para ser una persona con criterios modernos hay que seguir la corriente y renunciar al sentido común.

LA CONFUSIÓN DE IDEAS

El primer y más llamativo signo de que el sentido común está en crisis es la confusión de ideas, porque no hay nada, absolutamente nada, incluso lo más elemental y evidente, que no esté sometido a contestación y discusión. Un periodista resumió este espectáculo que cada día podemos ver en los medios en una descripción que se ha hecho famosa: la ceremonia de la confusión. La gente que se dice moderna parece no tener ni una sola idea clara. Se confunde la libertad humana con el dejar vía libre a las pasiones, la disolución de las costumbres con la modernidad, el egoísmo más descarado con la autorrealización; se confunde la autoridad con la dictadura, la comprensión hacia lo humano con la abdicación de principios, las buenas formas en el trato con la hipocresía; se confunde la sinceridad con la mala educación, el amor con la satisfacción del instinto, la destrucción de las buenas costumbres con el progreso… La lista de confusiones sería interminable, y a la vista de que en nuestro mundo nada parece claro, uno se pregunta si el entendimiento le ha sido dado al hombre para tener una mínima seguridad de criterio en la orientación de su vida, o bien está condenado, por deficiencia del mismo entendimiento, a vivir en la confusión y en la eterna duda.

La confusión de ideas tiene su principal causa en la misma dinámica informativa de los medios de comunicación, en los que cada día se vierten miles de informaciones distintas, millones de opiniones contrapuestas, infinidad de comportamientos extraños y marginales. En esta jungla de ideas, no cabe esperar que los criterios sean razonables, si no todo lo contrario. Cuando uno ve cada día que la indecencia es presentada con los mismos derechos que las buenas costumbres, que los disparates disponen de voz más fuerte que la sensatez, o que el escándalo deja de ser escándalo porque se ha convertido en comportamiento normal, es inevitable que mucha gente padezca una crónica confusión mental y ya no distinga qué es el bien y qué es el mal, dónde está la verdad y dónde el error, cuál es la conducta a seguir y cuál a evitar: en la noche de la confusión, todos los gatos son pardos, y lo mismo da ser lo uno que lo otro porque el sentido común no funciona o no se le deja funcionar. Porque no toda información es formación. En unos medios donde la cantidad de información es infinita y de toda índole, el individuo se acostumbra a todo, hasta al ridículo y la ordinariez, y ya no ejerce discernimiento alguno para juzgar las cosas con un mínimo de sensatez.

Por otra parte, el poder político con sus intereses, y el poder de los medios con los suyos, practican como táctica fundamental la confusión de ideas en la gente, a sabiendas de que repetir miles de veces la misma idea, aunque sea ambigua, termina por ser aceptada socialmente como dogma indiscutible. La idea de libertad y de democracia, entre otras, son el ejemplo más claro de esta confusión de ideas que estamos padeciendo. El derecho a ejercer y a reivindicar la libertad que nos reconocen las leyes, es interpretado como derecho a hacer lo que nos viene en gana, y la pasión egoísta, que lleva siempre la voz cantante, acalla la cordura del sentido común, cuya voz apenas se oye: no hay que extrañarse, por tanto, que muchos comportamientos en nuestra sociedad sean, no ya malos, sino absolutamente irracionales. Y algo parecido sucede en el mundo de la política. ¿Quién no invoca la palabra democracia con la misma veneración sagrada con que antes se invocaba a Dios, como si fuese la referencia absoluta para dirimir el bien y el mal, lo justo y lo injusto, la vida y la muerte? El gran mito sagrado de nuestros políticos, compartido por la mayoría de la gente, nos hace pensar y sentir al margen del sentido común, pero ello, al parecer, importa muy poco.

LA SOFISTICACIÓN DEL PENSAMIENTO

Dice Gracián que “más vale un gramo de cordura que arrobas de sutileza”, indicando que el excesivo discurrir sobre los problemas, lejos de solucionarlos, puede complicados aún más, como bien sabemos por experiencia. La sofisticación del pensamiento —ver más problemas y dificultades en las cosas que las que ve el pensamiento normal de la gente— es una de las características de nuestro tiempo, y tiene sus raíces en la filosofía moderna. Desde que a Descartes se le ocurrió poner en duda todas las cosas, incluso las más evidentes, como método para llegar a la verdad, el pensamiento moderno se ha vuelto “problemático” y sólo proporciona dudas e inseguridades en las cosas de la vida. Las reflexiones de los filósofos clásicos tenían como base firme el sentido común, que a nadie se le ocurría discutir; los filósofos modernos, en cambio, se cuestionan todo, hasta la propia existencia. No es extraño que en nuestro ambiente cultural e intelectual, la gente encuentre más dudas que seguridades y más problemas que soluciones en sus criterios de discernimiento y de valoración. El arquetipo de nuestro tiempo no es la persona que da optimismo por su sentido común, sino el espíritu crítico y amargado que ve problemas en todas partes.

Esta sofisticación del pensamiento alejada del sentido común la encontramos hoy por doquier, pero especialmente en los sociólogos, psicólogos y pedagogos, con consecuencias muy negativas en sectores de gran importancia para las personas. En sus consideraciones que creen ser muy sabias, los sociólogos de hoy suelen exculpar por sistema a criminales, delincuentes y gentes de mal vivir, presentándolos, no como responsables de lo que hacen, sino más bien como pobres víctimas de un sistema social cruel e injusto; en sus análisis del alma humana que creen ser muy profundos, nuestros psicólogos encuentran en las personas complejos, traumas, represiones y depresiones tan extendidas, que la anormalidad es la ley y la normalidad la excepción; y en sus reflexiones que creen ser muy acertadas, los pedagogos de nuestro tiempo rechazan el esfuerzo y la disciplina en los niños como funesta represión de su personalidad, y quieren convencernos de que estimularlos con motivaciones, como a los animalitos, se conseguirá una maravillosa educación. En una palabra: en contra de lo que nos dice el sentido común, el criminal ya no es criminal, la persona normal es una enferma, y el niño se hace bueno y sabio sin necesidad de esfuerzo.

No hace falta ser muy perspicaz para ver que todo cuanto se hace a espaldas del sentido común es, o funesto, o fracaso, y el mejor argumento es remitirnos a los hechos: ni los comportamientos antisociales han descendido en las sociedades del bienestar, ni la gente es más equilibrada y feliz liberándose de represiones, ni los niños salen de la escuela mejor educados eliminando la disciplina. Y es que, a diferencia de las ciencias cuyos análisis constituyen un avance en el conocimiento y dominio de la realidad, el conocimiento de lo humano no depende de teorías, sino de la experiencia, y siempre que los intelectuales han pretendido solucionar los problemas humanos con sus especulaciones, lo único que han conseguido es complicarlos innecesariamente. No es la ciencia de gabinete, sino la ciencia de la vida la que nos sirve para el discernimiento y valoración de lo humano. Cuando se quiere analizar demasiado las cosas, se corre el peligro de destruirlas, y es esto, precisamente, lo que ocurre en el pensamiento tan sumamente crítico que se ha impuesto en nuestra sociedad. La verdad y el error, el bien y el mal, es mucho menos complicado de conocer que lo que nos dicen tantos y tantos sofistas: en la mayoría de los casos, basta con tener sentido común.

LOS PREJUICIOS IDEOLÓGICOS

El sentido común también puede perderse cuando uno tiene cuadriculado su pensamiento por las ideologías, sobre todo las ideologías políticas, como ocurre en una buena parte de nuestros conciudadanos. No se mira el mundo sino a través de una determinada idea y se está ciego para cualquier otra consideración. El ejemplo típico de prejuicio ideológico ha sido el marxismo, hoy felizmente fenecido, en el que millones y millones de personas juzgaban todas las cosas del cielo y de la tierra en términos de clases sociales y sus intereses. Parece increíble que los hombres pierdan tan fácilmente el sentido de la realidad, pero así es. Las ideologías se convierten en prejuicio porque condicionan la visión de las cosas, nos vuelven partidistas y nos hacen refractarios a todo aquello que no se ajuste a nuestro credo. Se suele decir que los hombres nos dejamos llevar por la realidad, no por filosofías, y no es enteramente cierto; el marxismo, el liberalismo o el progresismo son filosofías, esto es, una cierta interpretación y valoración de las cosas que en muchos casos nada tiene que ver con lo que vivimos y experimentamos. Si queremos buscar la sencilla verdad de las cosas, vayamos a hablar con el hombre sencillo de la calle, no con los intelectuales y los ideólogos.

Las cuestiones del aborto y de la eutanasia son ejemplos paradigmáticos de hasta qué punto los prejuicios ideológicos pueden condicionar el sentido de la realidad, pero se podrían citar otros muchos casos. ¿Cómo se puede decir que el aborto no es un crimen, cuando todos los ojos pueden ver a un ser humano que late, que se mueve y que respira?; ¿hay que negar la absoluta evidencia para que se imponga una ideología progresista? ¿Y cómo se puede condenar la pena de muerte como un acto esencialmente reprobable, por una parte, y producir directamente la muerte de una persona, por la otra? Son preguntas que surgen del sentido común, no de la ideología, porque matar a un ser humano ni es de izquierdas, ni de derechas, sino simple y llanamente un asesinato premeditado. Los debates políticos que se producen en la sociedad sobre estos temas ponen de manifiesto, entre otras cosas, que mucha gente prefiere aferrarse más al prejuicio ideológico, que ver la realidad tal como aparece ante los ojos. Los hechos son hechos que están ahí, que no pueden ser negados, pero el ser humano tiene la capacidad de anteponer sus prejuicios a la verdad y decir no a la más absoluta evidencia, tal como ocurre en estos temas y otros parecidos.

El prejuicio ideológico se hace insuperable con la politización del pensamiento, uno de los grandes absurdos que nos es dado a contemplar cada día en nuestra sociedad y que no resiste el más mínimo análisis racional. A la vista de las radicales discrepancias y enfrentamientos en que se mueven los políticos, se diría que ser de derechas o de izquierdas conlleva el que el sistema perceptivo y de valoración de las cosas es radicalmente distinto, como si sus mentes estuvieran configuradas por la naturaleza también de forma distinta, lo cual es absurdo. En ciertas sociedades como la nuestra, ser político equivale a crear problemas donde no los hay, en agravarlos donde los hay, y ver bajo un determinado color la realidad que no sabe de colores. Porque si la verdad está enteramente en la ideología de un partido y el error en el otro, el entendimiento del político no puede ser neutral y sereno, sino beligerante a ultranza, una actitud incompatible con el oficio de la inteligencia. Los políticos debieran ocuparse solamente de política, no de otras cosas que no les competen, y está demostrado que las sociedades más sanas son aquellas en las que se habla muy poco de política y mucho de los problemas de los ciudadanos, que se solucionan con sentido común y trabajo, no con ideologías.

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