1. Hech. 10,25-26.34-35.44-48. El don del E.S. ha sido derramado en nuestros corazones.
  2. I Jn 4,7-10. Dios es amor
  3. Jn.15, 9-17. Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos.

 

 

Reflexión

  1. Amor es una palabra que cabe en la boca de todos y se halla en la mente de todos. Pero ninguna palabra ha sido tan devaluada, manipulada o secuestrada. Hasta llegar a justificar el propio egoísmo, amarse a sí mismo, y bloquear el dinamismo de salida del amor dejándolo reducido a la propia autoestima. El N. T. recoge al menos tres palabras distintas para expresar el amor: en una se destaca el afecto (“filia”), en otra la pulsión sensual (“eros”); pero el evangelio (de Juan, sobre todo) prefiere y emplea en su forma absoluta la palabra “ágape”.
  2. «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor». En el momento de su despedida, Jesús muestra que el amor es el origen, el contenido y centro de la misión. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y entregó a su hijo. «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos». En esos dos “como” («como el Padre me ha amado…», «como yo os he amado») se manifiesta el amor verdadero. No está permitido amar de cualquier manera. No se trata de un mandamiento para guardar, sino un don, regalo de Dios, en Jesús, modelo único de amor maduro y pleno. No amar así es frustrarse como persona y como hijo y frustrar el ser mismo de Dios porque «Dios es amor»; «Quien ama ya ha cumplido los mandamientos».
  1. Pero es también tarea y compromiso. La tarea del amor es ser don. «Permaneced en mi amor», sed testigos del amor de Dios, permaneced fieles al amor que os tengo; que esta cadena no se rompa. Las cadenas que hay que romper son otras: las que separan y condenan, las que hemos creado basados en relaciones de dominio: del amo sobre el siervo, del señor sobre el esclavo, del poderoso sobre el débil.
  2. «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud». El círculo del amor acaba en alegría. La experiencia y lógica de Jesús es aplastante: si no hay amor no hay vida, no hay comunicación, no hay experiencia de Dios. La alegría de Jesús es la de quien vive en confianza ilimitada con el Padre, la de quien revela que la vida es gracia. Será la alegría de quien sabe acoger la vida con agradecimiento, de quien ayuda a crecer, de quien crea condiciones para que se desarrolle una vida más humana.

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