1. Hech. 1,1-11. A la vista de ellos, fue elevado al cielo.
  2. EF. 1,17-23. Lo sentó a su derecha en el cielo
  3. Mc. 16,15-20. Fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios

 

>>Lectio divina<<

 

Reflexión:

  • Si Lucas insiste en el libro de los hechos en la cara de pasmados que se les quedó a los apóstoles después de verle ascender, Marcos, por el contrario, nos describe cómo,  cuando le vieron subir, ellos se fueron a proclamar el evangelio por todas partes sin más dilación. ¿En qué quedamos? Y que las dos actitudes, mal que nos pesen, conviven dentro de nosotros y no solo como actitud espiritual, sino también dejando sentir los efectos en nuestra vida.
  • Nos gustaría ser esa Iglesia atrevida y decidida que el Evangelio de Marcos dibuja, y a ello nos viene instando sin descanso el papa Francisco a lo largo de todo su pontificado. Pero lo cierto es que uno tiene la sensación de que vivimos dentro de una Iglesia vieja y cansada que languidece en número de fieles y sobre todo en la vitalidad de éstos para creerse destinatarios y mensajeros de una Buena Noticia. ¿Cómo recuperar ese rostro nuevo de Iglesia recién nacida que esta fiesta de la Ascensión quiere sembrar en nuestras comunidades mayores y anquilosadas?
  • Recuperar la conexión con Jesús: cuánta orfandad y anonimato se respira en nuestras celebraciones. Solo si tomamos conciencia de que nos reunimos en su nombre, de que es Él el que nos convoca y quien nos envía, encontraremos un motivo fuerte para juntarnos en la Eucaristía. Él es la fuente, en Él los extraños y desconocidos podemos sentirnos y vivirnos como hermanos e ir poco a poco estrechando lazos hasta formar esa familia de los que se quieren y estiman.
  • Actualizar la idea de envío que Jesús nos hace: Para eso tenemos que superar esa tendencia a la comodidad que nos invade pensando que nuestra tarea como cristianos es única y exclusivamente la práctica de los sacramentos, y esa sensación de impotencia al pensar que nuestra capacidad de transformación de la realidad es minúscula y por tanto no merece la pena. Se nos envía a ser semillas de nueva humanidad en medio de este mundo que se desangra por la ambición.
  • Recuperar la ilusión y la alegría de ser y vivirnos como creyentes: si en el rostro del otro es donde se adivina la llamada y tarea a la que Dios nos llama, en el rostro propio es donde los demás van a ver si lo que somos, vivimos, celebramos y hacemos merece la pena o no. Un santo triste es un triste santo, nos recuerda el dicho. Pues bien, los cristianos nos tenemos que lavar la cara todos los días y sonreír. La alegría es el espejo de la vida. Nuestra vida puede ser muy sacrificada y entregada, pero si no es alegre, no es cristiana, y lo que es peor, no contagia ni transmite nada por lo que merezca la pena dejarlo todo.

 

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