1. Is. 49,1-6. Te hago luz de las naciones.
  2. Hech. 13,22-26.  Juan predicó antes de que llegara Cristo.
  3. Lc. 1,57.66-80.  Juan es su nombre.

 

 

Reflexión:

  • Juan es su nombre. Nuestro nombre nos define y es la carta de presentación ante todas las personas. El bautista no fue una excepción. Todos se sorprendieron por el nombre elegido por Zacarías e Isabel. El nombre de Juan hace referencia a Dios, no a sus padres o a su familia, y ya anticipaba su misión: nacía alguien especial con una tarea importante. Él hizo suyo, desde su concepción, el proyecto de Dios: preparar el camino del Señor.
  • Su misión: anunciar la llegada del Señor. Juan «predicó un bautismo de conversión». El Evangelio describe con trazos fuertes y sobrios su estilo de vida y predicación. Parece el retrato vivo de un profeta del Antiguo Testamento. Su vida en el desierto, lugar radical de encuentro consigo y con Dios, define su ser y su mensaje. Él anunció la llegada del mesías y gritó con fuerza por la conversión de hombres y mujeres. Su vida sencilla y su mensaje rotundo pedía conversión a las personas y no tuvo miedo en denunciar las injusticias. Su mensaje hoy tampoco lo podemos acallar.
  • La conversión: tarea pendiente. También nosotros estamos invitados a la conversión que es, en definitiva, dirigir nuestra vida hacia Dios. Para los creyentes, y para la Iglesia, es una tarea constante. El mensaje de Juan y la vida de Jesús de Nazaret nos lo recuerdan. Pero, junto con la conversión, no podemos olvidar el grito por la justicia y por la igualdad en nuestro mundo. Hoy, como ayer, hay profetas que recuerdan el sufrimiento de muchas personas. En ocasiones los silenciamos porque su mensaje denuncia nuestras prácticas de vida. Los profetas siempre resultan incómodos.
  • Profetas y testigos. Los cristianos estamos convocados a abrir los ojos ante quien sufre y, al mismo tiempo, a denunciar las realidades que permiten la desigualdad. Sabemos que los derroches de las riquezas de la tierra que provocan desigualdades claman al cielo.
  • Juan, el precursor. La Iglesia comparte la misión de Juan: anunciar al Señor y preparar el camino para que Él llegue a nuestra vida y a nuestro mundo. La Iglesia no se encierra en sí misma, sino que anuncia a Jesucristo y su proyecto de amor con la humanidad. Al igual que Juan Bautista, los creyentes y la Iglesia, estamos llamados a ser luz en medio de las tinieblas y hacer presente el Reino de Dios. También nosotros somos unos “bien nacidos”.  

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