1. Ez. 2,2-5: Son un pueblo rebelde y sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.
  2. II Co. 12,7-10 Presumo de mis debilidades, porque así  residirá en mí la fuerza de Cristo.
  3. Mc. 6,1-6: No desprecian a un profeta  más que en su tierra.

 

Reflexión:

  • La increencia. Es un tema siempre actual. Jesús va a su pueblo y los suyos no le creen. ¿No es este el hijo del carpintero? Es curiosa la reacción. La gente de entonces no cree en él porque lo veían muy cercano. Hoy muchos no creen porque lo ven demasiado lejano. ¿Dónde está Dios?
  • El salto de la fe.  La fe siempre es hacer un salta de aquello que se ve a aquello que no se ve. Los habitantes de Nazaret no hicieron ese salto. No se fiaron de Jesús. Nosotros algunas veces también nos quedamos a este lado sin dar el salto. Los niños pequeños se fían de sus padres, porque saben que sus padres no les engañarán. Un niño se lanza a los brazos de su padre, porque está seguro que el padre  no le dejará caer en el vacío.
  • Fiarse de Jesús.  Nadie ha visto  a Dios ni puede verlo con estos ojos mortales. Nos fiamos de lo que dijo e hizo Jesús. Y con esto es suficiente. Creer  quiere decir aceptar una verdad sin ningún tipo de razonamiento. Creo sencillamente porque me fío de Jesucristo.. Y entonces me quedo tranquilo “como un niño en brazos de su madre. En la fe entra el razonamiento. Pero eso no quieta que debamos dar el salto de la fe.
  • Los testigos. En nuestra vida diaria tiene mucha importancia los testigos: el testimonio de nuestros padres, de muchos sacerdotes, de muy excelentes cristianos, de los apóstoles, que son el primer eslabón de la ya larga cadena   que nos enlaza con Jesús. No podemos hacer avanzar la fe vociferando contra la increencia, sino con nuestra bondad, con nuestro amor a la justicia, con nuestro respeto a la conciencia de cada uno, con una palabra bien dicha en el tiempo oportuno… siendo testigos de aquel a quien creemos.

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