1. Ex. 16,2-4.12-15. Haré llover pan del cielo para vosotros.
  2. Ef. 4,17.20-24. revestíos del hombre nuevo.
  3. Jn.6, 24-35. El que viene a mí no tendrá hambre…

 

 

Reflexión:

  • Soñamos con un futuro mejor, damos pasos hacia él y, en cuanto llegan las dificultades, decimos que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Esto le sucedió a Israel en la travesía en el desierto. Entre el instinto de libertad y el de seguridad, casi siempre prima en nosotros el de seguridad. Estar seguros, estar tranquilos, es el sueño de la mayoría de los humanos, pero no es el camino de la tierra prometida. La Tierra Prometida para Israel, como la tierra prometida para cualquier persona y familia, no puede alcanzarse sin dejar la esclavitud. La esclavitud del pecado, decimos con razón; del pecado que desconfía de la bondad de Dios, del pecado de ignorar a los hermanos sin manos y ojos para recoger su ración de maná. Resistir a la tentación que nos ha tentado siempre: vivir como esclavos de los faraones con tal de comer hasta saciarnos. ¿En qué Dios creeremos si lo primero es vivir acomodados?
  • San Pablo, años y años después del Éxodo, quizá 1400, reclama esa misma confianza absoluta en el amor de Dios y pide que la expresemos como conversión de nuestro hombre viejo al hombre nuevo. Sería tentador decir que los paganos son el hombre viejo, y nosotros, los bautizados, el hombre nuevo. Demasiado fácil, hoy. Es Jesús, y su vida, y su palabra, y sus acciones compasivas y justas, las que nos dan cuenta de qué es ser y vivir como un hombre nuevo.
  • San Juan nos muestra a Jesús entre comprensivo y molesto por la misma experiencia humana de movernos por el interés más inmediato: “me buscáis… porque habéis comido hasta hartaros”. Comer, ¡cuidado!, es vital. Mucha gente en el mundo no tiene para comer, muere de hambre, no tiene trabajo para ganarse el pan… no quitemos importancia a la comida de cada día. No podemos jugar con la teología y la fe para quitar importancia a la realidad del hambre en el mundo. Sería un pecado insuperable.
  • Pero Jesús añade que necesitamos un alimento para la vida humana plena y San Juan muestra que ese alimento es la fe en Jesucristo y en el Padre que lo envía; ese es el alimento de vida, la persona misma de Jesús, creída y amada como sentido, agua y alimento para nuestra vida. No para la vida eterna, sino para la vida única desde ahora hasta la eternidad junto a Dios. Que el pan y el agua de la Vida que es la fe en Jesucristo nos llenen de Espíritu para revestirnos del hombre nuevo, cuyo signo más apreciado han de ser las obras de justicia y compasión con los hambrientos y olvidados del mundo.

 

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