1. Apo. 11,19; 12,1-3. 10: Una mujer vestida de sol.
  2. I Cor. 15,20-27. Primero Cristo y después todos nosotros.
  3. Lc. 1,39-56. Dios enaltece a los humildes.

 

 

Reflexión:

Por los Evangelios canónicos no sabemos nada de cómo pudo ser el final de la vida de María. A través de la tradición apócrifa, y del sentir popular, se fue celebrando a lo largo de los siglos la fiesta de la dormición o del tránsito de María, y fue ya en el siglo XX cuando cristalizó el dogma de la Asunción, la fiesta que hoy celebramos.

  1. En primer lugar, la invitación a confiar en la bondad de la vida. A veces no comprendemos muchas cosas de las que nos suceden y ocurren en nuestro mundo, pero que hay Alguien que conduce amorosamente la historia y nos cuida en lo secreto. También María pasó por el desconcierto y el no saber y guardaba las cosas sin violentarlas en su corazón, entregándose a la bondad del Misterio. ¿Puedo yo confiar mi vida, y la de aquellos a los que quiero a la ternura providente de Dios?
  2. En segundo lugar, María nos enseña que nuestros temores sólo se curan con compañía. Después de consentir al deseo de Dios, ella se pone en camino a Ain Karen para compartir con Isabel el don recibido. La primera señal de que Dios roza mi vida es que me lleva junto a los otros. Constatamos que a lo largo del viaje de la existencia, nos invaden los temores y miedos, distintos en cada momento pero presentes hasta el final: miedo a que nos critiquen, miedo a fracasar, miedo a quedarnos solos, miedo a perder a los seres queridos, miedo al sufrimiento… y miedo a la muerte. También María los pasó y nos enseña que no podemos atravesarlos más que en compañía. Isabel, desde la experiencia de su ancianidad, la va a bendecir y confirmar. «Lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Un músico de jazz cubano que seguía tocando a los 90 años decía: “el mayor capital de un ser humano es que su vida pueda ser motivo de alegría para otras personas”.
  1. En tercer lugar, que lo que nos aguarda al final del viaje es “muy bueno” y que podemos empezar a gustarlo ya aquí. La mujer que ha sido elevada a los cielos dio a luz en un pesebre y estuvo junto a la cruz. Pasó por todos los dolores y siguió esperando en ese Amor mayor con que Dios cuida de sus pobres y pequeños; ese Amor que alegraba sus días y sostenía su esperanza. Sentir con ella que nuestra vida profunda no puede ser dañada, pues está injertada en la vida misma de Dios y le pertenece sin fisuras.

En la fiesta de la Asunción celebramos el abrazo gozoso y definitivo de Dios a María, ese abrazo que nos aguarda también a cada uno de nosotros.

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