1. Is. 35,4-7. Los oídos de los sordos se abrirán y, cantará…
  2. Sant. 2,1-5¿Acaso no eligió Dios a los pobres como herederos del Reino?
  3. Mc. 7,31-37. Hace oír a lo sordos y hablar a los mudos

 

 

Reflexión:

 

  • La Iglesia, centinela de la Palabra. De este modo, la Iglesia se comprende como el «centinela» de la primera lectura (Ez 33,7-9), que no puede callar las palabras que dan la vida a los pueblos.
  • El oficio del «centinela de la Palabra» es muy exigente. No basta con la capacidad de ver más, de tener más perspectiva y poder atisbar más lejos el horizonte. Se requiere cierta experiencia en primera persona de aquello mismo que se ha de comunicar. Pero el «centinela de la Palabra» tampoco cae en el error de pensar que es necesario ser perfectos para ayudar a los demás. No se ayuda desde la perfección, sino desde el amor. Ayuda quien ama, no sólo quien denuncia.
  • A este respecto, hay dos alusiones esenciales en la Liturgia de la Palabra de hoy. La primera de ellas es de san Pablo: «A nadie debáis nada, más que amor» (Rom 13,8-10). Lo mismo que si alguien nos ayuda, nuestra respuesta es de agradecimiento y amor, así también si alguien nos hace daño, o se lo hace a sí mismo, nuestra reacción debe partir del amor. La segunda alusión la encontramos en los labios del Señor cuando se refiere al «otro» como «tu hermano»: la fe nos impulsa a cambiar nuestra mirada sobre los demás, de manera que nos sentimos implicados con ellos, con sus aciertos y sus errores, con sus alegrías y sus dificultades.
  • Con estas actitudes la Iglesia afronta su misión de centinela. En nuestra sociedad, es habitual afrontar los problemas o con la violencia de quien pretende imponer su propia solución, o con la indiferencia de quien no hace nada cuando no le afecta. Es preocupante que la tónica general de los que buscan las soluciones a los problemas sociales sea el enfrentamiento constante; a un nivel más cotidiano, debemos tomar como señales de alarma, por ejemplo, los enfrentamientos a causa del deporte (entre partidarios de distintos equipos).
  • Cuando no somos capaces de descubrir la verdad de los demás, entonces arraiga en nosotros la tentación de menospreciar y de tratar con desdén. El ambiente de crispación que a veces domina las relaciones sociales se debe a nuestra incapacidad de reconocer la dignidad del otro y nuestra relación fraternal con él.
  • El evangelio propone el camino del acompañamiento personal y comunitario como ayuda para superar los errores y para dar respuesta a las dificultades cotidianas.

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