Domingo 10 de marzo de 2019 – 1º de Cuaresma – Las tentaciones

Dt. 26,4-10. Profesión de fe del pueblo elegido

Rom. 10,8-13. Profesión de fe del que cree en Cristo

Lc. 4,1-3. El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado

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Reflexión: Las tentaciones

Llevado por el Espíritu. Es cierto que las tentaciones de Jesús adquieren este domingo un espacio importante. Jesús, como hombre, experimentó la tentación, es decir, la invitación a caminar por la vida por senderos extraños al plan de Dios. El conjunto de estas tentaciones, que tanto Lucas como Mateo presentan pormenorizadamente, es una síntesis de la tentación que recorrió toda la vida de Jesús acerca de sí mismo y de su misión. Jesús, como el cristiano, se vio obligado a hacer un discernimiento radical sobre cuáles son los valores del Reino, los de una vida plenamente humana, los del Mesías como «primogénito de muchos hermanos» (Rom 8,29).

Pero lo esencial, o al menos lo más llamativo, es que, en ese camino del desierto y la tentación, el protagonismo de la acción no recae en Jesús ni en el diablo, sino en el Espíritu. Es el Espíritu de Dios el que conduce a Jesús al desierto para ser tentado. Dios no aísla a Jesús del mundo, sino que lo incrusta en él, el camino del hombre. Pero Jesús no va solo: le acompaña –y le empuja- el Espíritu de Dios y su Palabra, a la que Jesús acude como guía certera de la vida.

No estamos solos. El Espíritu de Dios está con nosotros y su Palabra es la que nos guía para no errar en el camino. Dios lo repetirá hasta la saciedad a todo hombre elegido y llamado: «Estoy contigo», «No ten­gáis miedo. Soy yo»: Yo estoy con vosotros (Mc 6,50; Mt 14,27; Jn 6, 20; Lc 24,37-40…).

Los cristianos somos “memoriosos”. Israel hizo, a lo largo de todos sus escritos, una “lectura creyente” de su vida como pueblo, como recita el Salmo de este día: «Estoy contigo en la tribulación” (Salmo 90). Esa misma “lectura cre­yente” de la propia vida es la de santa Teresa, o la Ignacio de Loyola, o la de san Agustín en sus “Con­fesiones”: «¡Tú estabas dentro de mí y yo afuera, … ¡Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo!»

No estamos solos en el camino del desierto y de la tentación. En el fondo de todas nuestras vicisitudes hay una “presencia” que nos habita, nos conduce y nos anima: como Jesús, podemos dejarnos llevar por el Espíritu y caminar tranquilos atravesando el desierto de nuestras tentaciones, de nuestras dudas y perplejidades, de nuestro discernimiento.

Que sea nuestra Cuaresma una Cuaresma “memoriosa”, que reconozca al Señor como el arte­sano de nuestra conversión. Convertirnos a Dios entregándole la “primicias” de nuestra vida para ponerla al servicio de los verdaderos valores que nos construyen como seres humanos plenos y aban­donando los caminos del tener, del prestigio y del poder.